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REVISTA DE HISTORIA MILITAR 115

224 GERMÁN SEGURA GARCÍA en Holanda, el ejército de Gustavo Adolfo (†1632) se presentó en la guerra de los Treinta Años con una artillería ligera que causó gran expectación. El monarca sueco incrementó la potencia de fuego de su infantería dotándoles de cañones de 3 libras6, maniobrables por un solo hombre y con una gran ca-dencia de tiro gracias al empleo de munición envainada. Carlos XII (†1718), al invadir Rusia en 1707, continuaba en esta línea y dotó a sus regimientos de infantería con cañones de 4 libras, además de utilizar otra artillería de 6 y 12 libras. El cañón regimental, ligero y móvil, estaba servido por infantes y dio lugar, como veremos más adelante, a la moda de los cañones «a la sueca». Los españoles también desarrollaron unos cañones de 5 a 8 libras llamados «mansfelts» en honor del conde Ernesto de Mansfeld (†1626), que fue quien ordenó su fabricación en Flandes y que, a partir de 1638, se fundieron en Barcelona. Iguales esfuerzos en este sentido se realizaron en Nápoles, donde el artillero Juan Bayarte construyó piezas de 2 y 4 libras con una cuarta parte del metal que se utilizaba usualmente, disminuyendo el espesor de los tubos a costa de una peor resistencia del material y una menor potencia de fuego. Sin embargo, estas experiencias, reiteradas en las principales fun-diciones europeas, no dieron los resultados apetecidos ya que los cañones regimentales tenían una potencia de fuego muy limitada, inmovilizaban in-fantes para su servicio y entorpecían la marcha de los batallones de infan-tería. Por otro lado, los artilleros no renunciaban a gestionar toda la artillería del ejército y abogaban por que los cañones fueran servidos por personal específicamente formado para esa contingencia. La creación de materiales de campaña ligeros (de 4 y 8 libras) y puestos a cargo de artilleros no acabó por resolver el problema táctico de la artillería. En 1742, el científico inglés Benjamin Robins se mostraba un tanto decepcionado con el grado de perfec-cionamiento alcanzado por este ramo de la ciencia militar y afirmaba que: «La construcción de artillería ha mejorado muy poco en los últi-mos doscientos años; las mejores piezas que ahora se funden no difieren mucho en sus proporciones a las realizadas en tiempos del emperador Carlos V. Es verdad que se han propuesto y ensayado piezas más ligeras y cortas, y son extremadamente útiles en particulares circunstancias, si bien parece convenirse que son insuficientes para el servicio general»7. 6  Las bocas de fuego se designaban en esta época por el diámetro interior del tubo o calibre en pulgadas (caso de los morteros y obuses) o por el peso de la bala de hierro que se disparaba (caso de los cañones). 7  ROBINS, Benjamin: New Principles of gunnery, Noursy. Londres, 1742, pp. xxxvi-xxvii. Revista de Historia Militar, 115 (2014), pp. 219-250. ISSN: 0482-5748


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