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REVISTA DE HISTORIA MILITAR 115

234 GERMÁN SEGURA GARCÍA dustrial, alentaron la adopción del sistema de Gribeauval, reglamentario en España a partir de la ordenanza de 1783. Sin embargo, algunas voces críticas siguieron defendiendo las piezas del modelo antiguo (implantado en 1743), no convencidos de las ventajas del nuevo sistema. En definitiva, como seña-la el artillero español Tomás de Morla (†1812), las distintas opciones tuvie-ron seguidores y detractores, y se trataba de escoger entre una de ellas: «A saber, si es más ventajoso dotar a un ejército de un tren de artille-ría, cuyas piezas sean de conocida resistencia, pero de un coste inmenso (porque de treinta se suelen aprobar tres o cuatro a causa de los muchos escarabajos) y de una dirección errónea; o de piezas que tal vez tengan menos resistencia, pero de mucho menor costo y de una dirección justa y precisa»25. Integración de la nueva artillería en la reflexión táctica En el último tercio del siglo XVIII, el papel de la artillería en el cam-po de batalla iba a ser objeto de una revisión decisiva para el futuro de las operaciones militares. Los avances tecnológicos, como no podía ser de otra forma, acabaron incidiendo en aspectos tácticos para rescatar a la artillería de su larga postración e integrarla efectivamente en el orden de batalla de los distintos ejércitos. Llegados a esta fase, teóricos, técnicos y militares debían plegarse a la experiencia de la guerra, la única que podía determinar la bondad de los materiales puestos en liza. Y la experiencia señalaba el camino hacia una mayor movilidad de la artillería, capaz de acompasar los movimientos con una infantería cada vez más maniobrera, e incluso seguir el ritmo de la caballería. Durante la guerra de Sucesión austriaca, el ejército de Federico el Grande (†1786) asombró a los observadores coetáneos por su alto grado de movilidad y rapidez en combate, artillería incluida. Los prusianos habían adoptado el cañón «a la sueca» y lo habían repartido abundantemente entre sus batallones de infantería. Los austriacos sufrieron en carne propia la preste-za y el considerable aumento de la potencia de fuego de la artillería prusiana. Pronto la imitaron, al igual que los británicos. Sin embargo, aunque ejércitos como el francés acabarían también dotándose de cañones «a la sueca»26, pre- 25  MORLA: op. cit. (I), p. 346. 26  Los cañones «a la sueca» franceses tenían un calibre de 4 libras, 17 calibres de longitud y pesaban 290 kg de peso. Revista de Historia Militar, 115 (2014), pp. 219-250. ISSN: 0482-5748


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