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REVISTA DE HISTORIA MILITAR 115

82 AGUSTÍN JIMÉNEZ MORENO lo exigían. De este modo se alentó la concesión de hábitos a profesionales de las armas a cambio de que se comprometieran a continuar sus servicios; a individuos que se mostraban dispuestos a levantar contingentes militares de cuantía variable, o a quienes asumieran el gasto de su salario durante cierto tiempo. Dentro de esta tendencia se inscribe uno de sus proyectos más des-tacados, cuya puesta en marcha le rondó desde el inicio de su trayectoria política: la formación, en 1640, del batallón de las órdenes. Pese a que el principal objetivo fue conseguir que los caballeros y comendadores de las órdenes militares prestaran servicio militar en persona, o que costearan un sustituto que lo hiciera por ellos, no fue menos cierto que se buscó adscribir a ella a soldados veteranos y oficiales reformados, a quienes se ofreció un hábito si prestaban servicio durante dos campañas, en lugar de aquellos que habían sido relevados de la obligación de acudir personalmente. Pese al éxito de esta medida, y a que en 1642 (con motivo de la for-mación de un nuevo cuerpo montado de miembros de estas milicias) se fue aún más generoso con ellos, hasta el punto de ofrecerles la misma merced por asistir a la campaña de ese año, lo cierto es que fueron pequeñas pince-ladas en un lienzo de gran tamaño. En mi opinión la causa fundamental fue que la Corona no tenía capacidad suficiente para recompensar a todos sus soldados con estas dádivas, y además tal fuente de honores estaba empe-zando a dar síntomas de agotamiento. A este respecto, y sobre todo desde el Consejo de Órdenes, arreciaron las críticas contra las políticas de concesio-nes generalizadas pues, ante el creciente número de caballeros, se corría el riesgo de acabar con el atractivo que tenían en la sociedad. De este modo, ya en 1642 se prohibieron nuevos ingresos en la Orden de Santiago con la única excepción de quienes estuvieran combatiendo en el ejército de Cataluña. La tendencia restrictiva se afianzó tras la caída del conde duque de Olivares y se mantuvo durante los años inmediatamente posteriores. Pese a que el número de hábitos despachados ya no alcanzó los niveles de los años 1635-1642, no significó que se hiciera mejor (simplemente que se concedieron menos), pues los testimonios del resto de la centuria inciden en argumentos ya habi-tuales: la mayor parte de ellos van a parar a individuos que no lo merecían, mientras que los beneméritos debían resignarse y ver como sus peticiones eran desestimadas. Revista de Historia Militar, 115 (2014), pp. 55-88. ISSN: 0482-5748


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