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LA LEGION 530

>> Cartas “Quien te ha visto y quién te ve” D. José Ramón García Pérez, de Villaobispo de las Regueras (León), nos envía esta carta. Miro por la ventana como transcurre el tiempo y me parece que fue ayer. Pero ya han pasado cincuenta y un años desde que un buen día, mientras gozábamos de un descansando en el campamento de instrucción de la Unidad de Autos de Ceuta, se presentó ante nosotros un ofi cial de La Legión para darnos una charla. Lo primero que nos dijo fue: “Muchachos, al igual que todos los regimientos de España, La Legión también os necesita, así pues, desde este mismo momento, todo aquel que quiera puede alistarse y hacer su servicio militar en La Legión. En ella permanecerá el mismo tiempo que permanezca su reemplazo en fi las. Cobrareis una paga diaria de 10,50 pesetas, más la prima de enganche y lo que se os ingresará en masita para sucesivas compras de ropa y material”. Me cayó muy bien aquel teniente, y como tenía varios amigos que habían estado en el Tercio, así, sin más, le pregunte que dónde había que fi rmar. Desde aquel mismo momento, al igual que otros muchos reclutas de reemplazo, me hice legionario. Así de esta manera tan sencilla, las Banderas Legionarias volvieron a estar al completo de sus efectivos. Muchos, incluidos los mandos militares, dudaron de que esta llamada surtiera efecto, por la mala fama que tenía entonces La Legión dentro del ámbito civil, pero se equivocaron. Como reza en el pie de página de una fotografía de la época: los jóvenes acudieron a su llamada. En esa foto se puede reconocer perfectamente al comandante López, que fue el jefe del contingente. Por cierto, que fue el teniente D. Ramón Moya Ruiz, quien me realizó la fi liación y es hoy Coronel Presidente de la Hermandad Nacional de Antiguos Caballeros Legionarios. Iniciamos el periodo de instrucción en el campamento instalado en el Monte de Ingenieros y al fi nal del mismo, se nos distribuyó entre las tres Banderas del Tercio: la IV en “García Aldave“, la V en “Recarga“ y la VI en el “Serrallo“ Revisando en ejemplares de la revista La Legión el acuartelamiento “García Aldave”, no me queda por menos que decir “Quién te ha visto y quién te ve”. Recuerdo que a mi llegada nos encontramos con una Plaza de Armas que era todo menos una plaza armas. En el centro había un montículo que daba pena y miedo por tener que hacer instrucción. Ni cuento cómo estaba el suelo, parecía que la última guerra acababa de pasar por aquellos lares. En los baches y agujeros que allí había, se podía uno esconder. Pero ¿quién dijo miedo? Desde ese mismo día comenzamos a poner en práctica lo que habíamos aprendido de nuestro glorioso Credo: el Espíritu de Sufrimiento y Dureza. Había que hacer mucho trabajo para adecentar aquel viejo cuartel que había sido cuna de La Legión. Desde luego, entonces había llegado nuestro momento de poner en práctica lo aprendido. Así, entre instrucción de orden cerrado, orden de combate en el campo, tablas de gimnasia y otros pormenores, apenas teníamos tiempo para nada aparte de algún que otro traguito en el mesón o en las cantinas de la China y de la Dora. Todo esto sin descuidar lo principal, aprender el manejo del armamento, que no era mucho la verdad: el viejo pero efectivo Máuser y también el segundo modelo de CETME 7.92, el del bípode, que nos tanta lata nos dio con la horquilla del guardamanos, pues se rompía con bastante facilidad; además estaban los morteros del “50” y “81”, las maquinas –ametralladoras- “ALFA de 7.92” y los FAO del mismo calibre, y quién no recuerda los famosos lanzagranadas INSTALAZA, largos como una semana sin pan, pero efi caces contra los carros. Hoy son más pequeños y manejables, de mayor efectividad y alcance. Tampoco dejamos atrás el acondicionamiento del campo de tiro, de allí salió la ingente cantidad de piedra que sirvió para rellenar todos los agujeros que tenía la explanada de la plaza de armas. Toda la Bandera, al completo y en hilera subía y bajaba como si de una película se tratara. Pero el esfuerzo valió la pena, quedo llana, sin socavones, rematada con una fi na capa de arena y garbancillo. Hoy la veo en las fotografías y documentales cuando se celebra algún Sábado Legionario y quedo pasmado: lisa y llana, bien marcada y con buen hormigón donde poder desfi lar sin levantar un polvo de mil demonios, martirio para la tropa y también para los invitados. Veo las fachadas de los pabellones, pintadas y relucientes, escudos y emblemas que adornan esas paredes que han visto pasar lo mejor de nuestros soldados, lo mejor de nuestra juventud. 50 530 · I-2015


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