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artillería gruesa no pudo dar el asalto, con el fuego de sus jabeques desmontó la artillería ligera enemiga, perdiendo cuatro lanchas y un jabeque, y consiguió que los berberiscos levantaran el campo el 23 de marzo de 1775. Primera expedición a Argel Ese mismo año se le puso al mando de la protección del convoy que hizo la expedición para la conquista de Argel, formado por siete navíos de 70 cañones, doce fragatas de 27, cuatro urcas de 40, nueve jabeques de 32, tres paquebotes de 14, cuatro bombardas de 8 y siete galeotas de 4, al mando del general González de Castejón, con un total de 46 buques de guerra y 1.364 cañones, y tropas del ejército compuestas por unos 18.400 hombres al mando del general O’Reilly. Barceló, llevado de su indomable carácter, protegió el desembarco acercándose lo máximo posible a la costa para que su artillería fuera efectiva. Armada Ciencia y Cultura Lástima que el desorganizado desembarco y las erróneas disposiciones posteriores llevaron a un completo desastre que provocó no menos de cinco mil bajas, incluidos cinco generales muertos y quince heridos, dejando abandonados al enemigo quince cañones y unos nueve mil fusiles; ante este fracaso se ordenó el reembarco en unas circunstancias muy desfavorables, tanto que el ejército tuvo que soportar cargas de caballería mora de hasta 12.000 jinetes, lo que hizo la situación insostenible, y si el desastre no fue total fue por la acción de los jabeques de Barceló, que demostrando una vez más su valentía, supo imponerse a las circunstancias, salvando de esa forma a muchos que de no haber sido por su actuación hubieran perecido. Su acción le dio gran crédito en todo el mundo naval occidental, y el rey le ascendió al grado de brigadier ese mismo año de 1775. El bloqueo a Gibraltar. Las lanchas cañoneras Pero la gran obra de su vida comenzó a fraguarse cuando, el veinticuatro de agosto de 1779, fue ascendido a Jefe de Escuadra y nombrado Comandante de las fuerzas navales destinadas al bloqueo de Gibraltar. Su fuerza la componían un navío, una fragata, tres jabeques, cinco jabequillos, doce galeotas y veinte embarcaciones menores; por tierra debía efectuar el ataque el general Martín Álvarez de Sotomayor. Fue entonces cuando a Barceló se le ocurrió la idea de construir las lanchas cañoneras y bombarderas que tantos éxitos dieron realizando prodigios antes impensables, incluido el ataque a los navíos británicos, que en la mayoría de los casos huían enseñándoles las popas. La dificultad para atacar la plaza por mar residía en la consabida inferioridad de los buques de la época contra las fortificaciones terrestres, debido a la cantidad limitada de municiones a bordo, la imposibilidad de usar ciertos tipos de municiones peligrosas para el barco (granadas o balas rojas), y su frágil estructura de madera y velas. Ponderando estos factores, Barceló ideó armar grandes botes de remos con una gran pieza de a 24 libras (sólo instaladas en las baterías bajas de los navíos) o un mortero, sobre una plataforma giratoria con un parapeto abatible, forrando el casco de planchas metálicas hasta debajo de la línea de flotación, redondeadas para favorecer el rebote de los proyectiles enemigos y con capas de corcho para proteger a la dotación. Median cincuenta y seis pies de quilla, dieciocho de manga y seis de puntal, con catorce remos por banda y una gran vela latina, en el centro la gran pieza de artillería, y una dotación de treinta hombres. Y pese a la general incredulidad de que los botes resistieran el peso de la coraza y de la pieza, y mucho menos el retroceso de ésta, demostraron una gran efectividad, e incluso se probó que el blindaje era casi innecesario debido a la pequeña superficie que ofrecía su aspecto de proa para el fuego enemigo, especialmente porque los ataques a objetivos terrestres eran nocturnos. El mejor juicio sobre su efectividad vino del enemigo, y no pudo ser más concluyente, según el capitán inglés Sayer: «La primera vez que se vieron desde nuestros buques causaron risa; mas no transcurrió mucho tiempo sin que se reconociese que constituían el enemigo más temible que hasta entonces se había presentado, porque atacaban de noche y eligieron las más oscuras, era imposible apuntar a su pequeño bulto. Noche tras noche enviaban sus proyectiles por todos lados de la plaza. Este bombardeo nocturno fatigaba mucho más que el servicio de día. Primeramente trataron las baterías de deshacerse de las cañoneras disparando al resplandor de su fuego; después se advirtió que se gastaba inútilmente las municiones». Pero a pesar del éxito de las cañoneras de Barceló, Carlos III optó por la tecnología extranjera para el ataque a Gibraltar, eligiendo las enormes baterías flotantes del francés D’Arçon, con entre 9 y 21 cañones de a 24 cada una y hasta 760 hombres por batería, sobredimensionadas e incapaces para una acción de este tipo, que fueron fácilmente destruidas por el enemigo británico, siendo el principal motivo del fracaso final del BIP 47 Espada de corte de A. Barceló. Museo Naval de Madrid


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