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REVISTA HISTORIA MILITAR EXTRA II 2014

50 JOSÉ CEPEDA GÓMEZ de Anjou9. Pero los auténticos motivos son de otra índole mucho más prag-mática: recelo ante el inmenso poder que podrían acumular los Borbones de Madrid y París; presión de los comerciantes ingleses holandeses ante las ventajas que obtendrían sus competidores franceses al abrírseles el comer-cio de las Indias españolas; miedo ante la cercanía de las tropas de Luis XIV en las fronteras de Holanda; hostilidad de Guillermo III de Orange contra el Rey Sol por motivos políticos y religiosos… Podemos resumirlos en una razón: miedo al imperialismo de Luis XIV y a la, hasta entonces, formidable maquinaria militar conseguida en el medio siglo anterior por los Borbones. Europa occidental quedó dividida en dos bandos, el de los aliados y el de los borbónicos. Holanda, Inglaterra, Saboya, Dinamarca, el Imperio y Portugal conformaban el grueso del frente opuesto a Luis XIV y a Felipe V de Borbón. Por otra parte, desde 1705 los españoles se dividirán en dos bandos, iniciándose una guerra civil que se suma al conflicto internacional que se desarrollaba desde 1702 en los campos y mares de Europa y América. Aunque habría que matizar, como en toda guerra civil, quiénes eran borbó-nicos y quiénes austracistas, en líneas generales la mayoría de los habitantes de las Coronas de Castilla y de Navarra apoyaron a Felipe V, en tanto que fueron más los aragoneses, valencianos mallorquines y catalanes que siguie-ron las banderas del rey «Carlos III de Habsburgo». Pero hay que insistir en que hubo austracistas en Castilla y borbónicos en la Corona de Aragón. Y no pocos. Aunque el casus belli de esa guerra era el enfrentamiento entre dos can-didatos al trono de España con sus respectivos apoyos, los principales tea-tros de operaciones fueron el italiano (el valle del Po), el franco-alemán (Re-nania y Alto Danubio), y el del norte de Francia y los Países Bajos. El teatro de operaciones español, aunque para nosotros pueda parecer otra cosa, fue un frente secundario dentro del conjunto de la guerra, sobre todo para los aliados. De hecho, ni los ingleses ni los austriacos enviaron a la penín-sula sus mejores tropas o sus mejores generales: el duque de Marlborough no estuvo en España, como tampoco vino Eugenio de Saboya. Eso sí, el frente naval en torno a la península ibérica fue fundamental para el desarrollo de la contienda, y los aliados antiborbónicos, liderados por Inglaterra, buscaron, y lograron, el dominio del mar en nuestros con- 9  «Por cuanto habiendo fallecido sin hijos el Rey de España Carlos Segundo, de gloriosísi-ma memoria, por parte de sus Majestad Imperial se asegura, que la sucesión de los Reinos, y Provincias de el difunto Rey, pertenece legítimamente a su Augusta Casa; y que el rey Cristianísimo, pretendiendo la misma sucesión para su nieto el Duque de Anjou, y alegando tocarle de derecho, en virtud de cierto testamento del expresado Rey difunto, se ha puesto inmediatamente en posesión de toda herencia, y Monarquía de España, por el dicho Duque de Anjou…» (Tratado de la Gran Alianza de la Haya, 7 de septiembre de 1701). Revista de Historia Militar, II extraordinario de 2014, pp. 39-54. ISSN: 0482-5748


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