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MEMORIAL CABALLERIA 74

Varios Noticias del Arma Orgánica y Materiales Empleo Táctico y Operaciones Historia 102 DOCUMENTO factorio” y “de perfecta disciplina y organización” el estado del ejército. Que los soldados calzaran alpargatas, los fusiles (la mayoría procedentes de la guerra de Cuba) estuvieran descalibrados y el material de campamento fuera pésimo y escaso no era importante; lo importante es que la moral estuviera muy alta. Incluso afirmaba que “por fin se ha dado con la orientación apetecible”. La amarga queja del general Jordana sobre los condicionamientos políticos que se le imponían condenándole a la inacción ya se había olvidado; llegaba a pedir, con respecto al Raisuni, “si pue-do gritarle cuando grite, llamarle la atención cuando mienta y no llegar en los procedimientos de templanza más allá de lo que decorosamente debe llegarse”. Desmintiendo al ministro, Berenguer le informaba por carta el 4 de febrero del año siguiente (1921): “esta es la triste realidad, la que todo el mundo palpa, la que no puede pasar inadvertida a quien vea de cerca este Ejército. Es el resultado de varios años de no atenderlo en sus necesidades; no es el resultado de la imprevisión, lo es de la falta de recursos”. A continuación, escribía: “Sin embargo, hemos actuado como si todo estuviera en condicio-nes, hemos cerrado los ojos ante las realidades para llevar la misión que se nos ha encomendado”. Son palabras que parecen escritas después del Desastre y todavía faltaban seis meses para producirse. No cabe duda de que acertó con la “clave” del problema. Este afán por cumplir la misión, a pesar de no contar con los medios adecuados, es una consecuencia de la formación recibida por los mandos en las academias. Las autoridades, que tienen la responsabilidad de decidir las misiones y los me-dios que deben asignar a las fuerzas puestas a su disposición, lo han tener en cuenta, si no quieren hacerlas fracasar. De esta situación fueron víctimas, más que otra cosa, Silvestre, Berenguer y el ejército de la Comandancia General de Melilla. El general Burguete así lo expuso ante la comisión del Senado el 26 de julio de 1924: “Lo que se derrumbó fue un sistema, solo un deplorable sistema”, que impuso el gobierno del Partido Liberal y mantuvo el Partido Conservador en los suyos. Cuando se decidió la ocupación total por procedimientos bélicos y con medios suficientes, se tardó, a par-tir del desembarco de Alhucemas, solo 15 meses en pacificar el protectorado, paz que no volvió a romperse y duró hasta la independencia de Marruecos; era lo que no se había conseguido durante 16 largos años y había costado tanta sangre y dinero. Por todo ello, los sucesivos gobiernos, con sus presidentes a la cabeza, y especialmente los ministros de Estado y del Ejército del último, fueron los máximos responsables del Desastre. El vizconde de Eza se empeñó, incluso, en llevar a cabo el proyecto de reducción del servicio militar a dos años y había advertido públicamente en Madrid que no enviaría ni un solo hombre más a Marruecos; a pesar de ello, siguió aprobando todas las acciones militares que le presentaron, como consecuencia de las líneas políticas de ocupación establecidas. El Desastre fue aprovechado inmediatamente para ofender al Ejército. Los partidos de izquierda y republicanos no dudaron en lanzar terribles acusaciones para conseguir que el pueblo español asumiera una imagen denigrante del que consideraban sostén fundamental de la Corona, su último objetivo a destruir. Se especuló con el problema del protectorado para provocar crisis políticas, al-borotos en las Cortes y disturbios callejeros, explotando la sensibilidad popular. Pero se olvidaron de que el desprestigio del régimen traería “ipso facto” el de España. Gravísima insensatez, pues su principal problema era, en palabras de Ortega y Gasset, “ser españoles”. No hace mucho, se ha insistido en atribuir al Ejército la máxima responsabilidad4. Sin embargo, no se podía iniciar ninguna acción, por insignificante y oportuna que fuera, que no estuviera previa-mente autorizada por Madrid en sus dos vertientes: política, autorización del ministro del Estado, y militar, aprobación del “plan de maniobra” por el ministro del Ejército. Es decir, “el Ejército de-sarrollaba la coacción armada donde y cuando se lo requería la dirección política”5 y “desde que se implantó el protectorado en el año 12, hasta el desembarco de Alhucemas en el año 25, operó bajo la dirección del ministro de Estado”6. 4 Cardona, Gabriel. El poder militar en la España Contemporánea hasta la Guerra Civil. Madrid: S. XXI., 1998. 5 Opinión bien razonada de Galbán Jiménez. 6 Caballero Poveda, Fernando. “El Desastre de Annual”. Artículos I, II y III de las Revistas Ejército núms. 482, 483 y 484 de 1980.


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