Page 19

REVISTA DE HISTORIA NAVAL 130

FRANCISCO VELASCO HERNÁNDEZ a los que lo practicaban (37). La existencia además en su puerto de un buen número de pequeñas y medianas embarcaciones de pesca, tipo bergantín, fragata, falucho o jabeque, posibilitaba la organización de expediciones de réplica a la ofensiva argelina. En esta organización el protagonismo lo asumía por entero el Concejo, aunque podía autorizar en determinadas ocasiones a personas particulares para llevar a cabo «cabalgadas» en el mar. Pocos fueron los años en los que no se ejecutó alguna de estas misiones de guardacosta, si bien el número de combates victoriosos, con la captura consiguiente de la nave o naves corsarias y sus tripulantes, no fue muy grande, ya que generalmente los piratas, una vez sorprendidos, se daban inmediatamente a la fuga trasladándose hacia otros espacios litorales. Además, el Concejo no solía autorizar la persecución de los corsarios más allá de la isla Grosa o Torrevieja en la parte norte, o de cabo Cope y Águilas en la parte sur, aunque en algunas ocasiones avanzaron hasta Santa Pola o Alicante y hasta el límite con Andalucía. ya en mayo de 1598 el Concejo acordó que salieran cuatro barcas al mando del capitán Nicolás Bienvengud en busca de una pequeña galeota que había cautivado a varios pastores y pescadores en la marina de Lorca. La expedición no tuvo el éxito esperado, pues cuando llegaron a la zona el bergantín corsario se había marchado (38). Estas pequeñas naves corsarias eran muy escurridizas y solían colocar vigías en puntos elevados de la costa para descubrir con antelación tanto las embarcaciones mercantes —que luego intentaban atrapar— como los barcos armados que venían en su persecución. Su tamaño oscilaba de ocho a trece bancos, con una sola vela latina y dos remeros por banco, que eran a su vez los propios soldados. Se fabricaban, según Haedo, en Sargel, a 20 leguas a poniente de Argel, un lugar donde existía buena madera para su construcción, y sus calafates eran moriscos procedentes de los reinos de Valencia y Granada. Pero no solo los construían, sino que también los marineaban, lo cual suponía un peligro añadido pues estos eran muy prácticos y conocedores de las costas españolas (39). Es evidente que las milicias cartageneras solo se atrevían con ellos y no con las galeotas gruesas, las cuales podían llevar una dotación de más de 200 tiradores, además de varios cañones de pequeño calibre. Contra ellas se empleaban las galeras del Rey, que solían reforzarse con un número de infantería variable (una o dos compañías de 200 soldados locales), dependiendo del número de galeotas que fuesen. (37) El corso cartagenero fue especialmente intenso en el siglo Xv, sobre todo a mediados del mismo. En 1448, el concejo valenciano señalaba que «en la costa hay naves corsarias que atacan a la gente y especialmente a la gente de esta ciudad, hasta tal punto que nadie quiere navegar, ni comerciar; una vez el ataque se ha realizado, la mayor parte se refugian en Cartagena». GUIRAL-HADZIIOSSIF, jacqueline: Valencia, puerto mediterráneo en el siglo XV (1410-1525). Valencia, 1989, p. 142. (38) AMC, Ac. Cap. 1598-1601, cab. 5-V-1598. (39) HAEDO, Diego de: Topographia e historia general de Argel. Valladolid, 1612, f. 18v. 18 REVISTA DE HISTORIA NAVAL Núm. 130


REVISTA DE HISTORIA NAVAL 130
To see the actual publication please follow the link above