MISCELÁNEA - POPURRÍ DE CABALLOS, CABALLERÍA Y MÁS - José María Sánchez-Feijóo López coronel de Caballería (retirado)

MEMORIAL CABALLERIA 77

Varios Noticias del Arma Orgánica y Materiales Empleo Táctico y Operaciones Historia 132 MISCELÁNEA POPURRÍ DE CABALLOS, CABALLERÍA Y MÁS José María Sánchez-Feijóo López coronel de Caballería (retirado) «Mas no fuera yo español si no buscara peligros, despreciándolos antes para vencerlos después». Esta frase arrogante, chulesca, cínica y retadora es del inefable Quevedo; sí, el pendencie-ro, estebado, intrigante, político y maravilloso poeta autor del más prodigioso verso de amor que jamás musa alguna haya inspirado a ningún poeta: «Polvo sí, mas polvo enamorado»; ni la muerte puede con ese sentimiento para el que lo ha sentido. Y otro: «Eso es amor, quien lo sintió lo sabe», este de Lope. En verdad eran grandes. Y escribo todo esto porque así me siento yo, no enamorado (bueno sí), sino retado, ante un papel en blanco y con el propósito de escribir un (sucedáneo) de artículo, con el matiz de que no lo desprecio ni estoy seguro de superarlo; me falla el numen. Empiezo. Como tantas cosas en esta España nuestra (me duele España) la etimología de la palabra popurrí es española; procede de la «olla podrida», excelente manjar famoso en Ibeas de Juarros, provincia de Burgos, y que se hace cociendo durante mucho tiempo las famosas alubias pintas de la zona con todo tipo de hortalizas y suculentos derivados del cerdo, hasta que todo el conjunto adquiere un aspecto que recuerda la carne en mal estado, aunque el sabor y el aroma sean deliciosos y de ahí su nombre: «olla podrida». Ya Carlos I, en su retiro en Yuste, se comía una buena ración de este manjar una vez por semana, mejorado con todo tipo de carnes y legumbres y acompañado de su permanente cerveza de Flandes y posiblemente, ambas, causantes de su gota. Con los restos daban de comer a todo el pueblo; las cosas el emperador las hacía a lo grande. Los ejércitos pasearon este plato por toda Europa. Los franceses lo tradujeron por pot pourri y volvió a España (me duele España) en forma de galicismo españolizado como «popurrí» y con el significado de revoltijo. Intento que sea un revoltijo ordenado, valga el oxímoron. «Todos los caminos que llevan al progreso están pavimentados con huesos de caballo». Nunca la humanidad agradecerá bastante al caballo los servicios prestados. Parece ser que el origen del caballo está en el Hyracoterium, especie de zorrillo que correteaba por la Tierra hace unos 50 millones de años y que pasando por el Eohippus, el Orohippus, el Mesohippus y el Pliohippus evolucionaron hacia el caballo actual, Tarpanes y Przewalski y los llamados purasan-gres; estos, más producto de la manipulación genética que de la evolución. Esto que es de una validez científica incuestionable me deja frío, mi espíritu romántico me lleva a creer en el origen divino del animal. Los egipcios lo hacían proceder de Horus, representación del sol naciente, hijo de Osiris y de Isis; el dios con cabeza de halcón. Mejor aún es la creencia griega; qué no sabrían los griegos: Zeus lanza un reto a su hermano Poseidón, dios del mar, y a su hija Atenea, en el sentido de que le presenten aquello que ellos consideren más productivo para la humanidad. Poseidón dando un fuerte golpe sobre una ola con su tridente hizo aparecer al caballo al que llamó Orión (no confundir con el poeta que se transformó en delfín) y Atenea le presentó el olivo. Ganó Atenea. No sé si fue una decisión justa aunque el currículum de Zeus no lo hace muy fiable. La palabra «caballo» procede del griego, pero lo relativo a él procede del latín equus: équite, equitación y yegua del latín equa-ae, femenino de equus. Eufemismos por caballo son: «matalón», el lleno de mataduras; «rucio», feo como el asno de San-cho Panza; «rocín», de etimología desconocida, pero del que toma el nombre el desdichado Rocinante («metafísico estáis Rocinante», le dice Babieca; «es que no como», le responde aquél); «jamelgo» del latín famelicus, caballo al que se le notan las costillas por hambres continuadas; «penco», de penca, pata, caballo que cocea por resabios; «corcel», del latín cursus carrera, llamados así por su ligereza y agilidad; «jaca», del inglés hack-ney, coche de alquiler pequeño y al que se enganchaban caballos y


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