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MEMORIAL DE CABALLERIA 83

Doctrina, Táctica y Operaciones Pero más mano izquierda se necesitaba para llevar a cabo la misión de «Hasoc». Por un perio-do de 48 horas nos desplazábamos a las afueras de un pueblo llamado Hasoc. Nos habíamos insta-lado en una casa de una planta totalmente destrozada por el fuego, señal inequívoca de que había pertenecido a bosnios musulmanes, ya que Hasoc estaba situada en zona croata. En esas ruinas y con una estufa de leña que pudimos apañar pasábamos allí 48 horas vigilando que una serie de piezas de artillería y un carro de combate T-55 no hicieran fuego en determinados sectores, acorda-dos por las distintas partes, como camino hacia una deseada paz. Allí rarísima vez teníamos enlace con Dracevo (asentamiento de nuestra nueva base junto a la frontera con Croacia, cuando dejamos Medjugorje). Con el jefe de puesto croata llamado «Dragan» y con su pelotón, nos veíamos cons-tantemente, solían ofrecernos café con kruskova y unas pastas, o panceta, o lo que tuvieran, porque no tenían nada, pero te lo daban todo. Hoy todavía recuerdo algún partido de la selección española que vimos en su casa gracias a su hospitalidad, y su antena parabólica. Otras veces eran ellos los que nos visitaban y correspondíamos como buenamente podíamos. Lo cierto es que el tiempo que estábamos con ellos teníamos controlado nuestro cometido. Ver ratas de vez en cuando debajo de las literas no era tan grave, ni cumplir con las necesidades corporales en el campo, aunque ciertamente conducir un T-55 unos metros te deja mejores recuerdos, como fue el caso. Demasiadas cosas que hoy en día no se podría uno imaginar. Pero la misión se cumplía con sobresaliente. El autor posa delante del T-55 Memorial de Caballería, n.º 83 - Junio 2017 71 Más amena podía parecer la misión de «vigilancia y presencia en la carretera M-17». Muchos kilómetros patrullamos en esa carretera, que une Croacia con Mostar (Bosnia). La presencia mili-tar en esta carretera aumen-taba la seguridad de la zona, era una misión a mi juicio bien vista por la población civil, que siempre tenían a quien recurrir, más por ave-rías de sus destartalados vehículos que por ataques hostiles. Pero ahí estaba la caballería española, para lo que hiciera falta. Comer en la terraza de alguno de los escasísimos y desvencijados restaurantes que podíamos encontrar era un lujo que hoy todavía recuerdo, una manera más de ayudar a esa pobre gente, algo impensa-ble en misiones más actuales como Afganistán o Irak. Pero si hubo una misión que recuerde especialmente, fue la «Escolta al batallón turco hasta Zénica». Llegaba a Bosnia el batallón turco, y se nos encomendó a todo el escuadrón su escolta desde Dracevo hasta Zénica. Que pasara el día casi entero lloviendo no importó. Dar seguridad a un convoy tan grande y especial fue memorable; de hecho fue, si no me falla la memoria, la única misión que llevó a cabo el escuadrón de caballería al completo. Y la entrada en Zénica del batallón turco ¡qué momento!, la población se echó a la calle en masa a recibir-los, de mayoría musulmana, como los turcos, y nosotros allí en medio, disfrutando el momento, sintiéndonos queridos por la población que ansiaba la paz… Después de la paliza del viaje, con el tiempo adverso, cenar una ración de previsión y dormir en el suelo de una fábrica destroza-da por la guerra las horas que no tenías imaginaria, no fue tan grave. Como en aquella época apenas se hacían fotos, no quedaba más remedio que grabar momentos de ese tipo «a fuego» en tu cerebro. El «japoneseo» propio de otras muchas misiones posteriores en diversos países, prácticamente no existía.


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