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16 ALBERTO BRU SÁNCHEZ-FORTÚN po en la cobertura de los empleos públicos”4. Además, la pertenencia a un escalafón resultaba esencial para regular los ascensos y permitía, por tanto, la existencia de una verdadera carrera funcionarial. Pero conseguir el escalafonamiento oficial y público de los empleados del Estado exigió una lucha constante a lo largo de toda la segunda mitad del siglo xix y primeros años del siglo siguiente contra los intereses y las intromisiones del entramado caciquil. Los oficiales del Ejército también tuvieron que luchar durante este periodo por su derecho a la carrera frente a un Estado cuya urdimbre constitutiva todavía eran las relaciones clientelares, más propias del Antiguo Régimen que de la modernidad. Esa pugna les hizo derivar hacia posiciones y organizaciones corporativas ─las mismas Juntas de Defensa son un buen ejemplo de ello─ basadas en la patrimonialización de la función militar y de las escalas que debían regular su vida profesional, a través de la implacable aplicación en los ascensos de la antigüedad sin defectos; criterio completamente inadecuado para garantizar un mejor servicio a la sociedad. Sin embargo, la escala cerrada ─es decir, el imperio exclusivo de la antigüedad como norma de ascenso─ solo se aplicó de manera definitiva a partir de la Ley Adicional a la Constitutiva del Ejército de 1889, y únicamente en tiempo de paz. Porque cuando los ascensos se convertían en “el problema” por excelencia era en tiempo de guerra. La obtención del empleo inmediato constituía una de las principales recompensas que podía esperar el militar por su actuación en el combate. Pero ello significaba alterar el curso normal de las escalas mediante intervenciones externas y subjetivas que premiaban a uno pero postergaban necesariamente a muchos otros. Se desató así un interminable debate que se extendió a lo largo de las décadas finales del siglo xix y de las primeras del xx. Además, fue imposible recluirlo en los cuartos de banderas. Las campañas de Marruecos lo hicieron público mediante la polémica periodística ─en la que participó tanto la prensa militar como la civil─, el libro más o menos sesudo e, incluso, la tribuna parlamentaria. En esa polémica se subrayaba la falta de criterios claros que establecieran en cada caso la idoneidad del ascenso como recompensa ¿Pues qué se premiaba? ¿El valor? ¿El sacrificio de la propia sangre? ¿La pericia en el manejo y despliegue de los hombres? Al no quedar claro, aparecía el temor de la mayoría de los profesionales de que el ascenso de guerra abriera la puerta al favor y solo se beneficiaran de él los deudos y amigos de alguno de los personajes militares influyentes del momento. La estrecha mentalidad corporativa de la mayoría de los militares de aquellos años les impidió acep- 4  VILLACORTA BAÑOS, Francisco: op. cit., p. 70. Revista de Historia Militar, 119 (2016), pp. 16-66. ISSN: 0482-5748


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