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LAS SEÑORITAS DE LA CRUZ DE MALTA… 221 de los mismos, en un intento más de distender las complejas relaciones entre los gobiernos de la Restauración y el Vaticano6. Pero también existió una poderosa razón económica, como se podrá comprender. Tras la Tercera Guerra Carlista habían sido abordadas diversas reformas militares —como la reorganización del Ejército y la restauración del servicio militar— que acabaron alcanzando a la Sanidad. En este contexto reformista y, sin embargo, de carencia de medios, el empleo de religiosas como elemento asistencial costaba muy poco en comparación con el personal asalariado. De esta manera, la gran mayoría de trabajadores civiles que desempeñaban las actividades mencionadas fueron despedidos, mientras que las vacantes ocupadas por militares profesionales o de reemplazo se vieron reducidas. Con todo ello, el reformador —como sucedió entonces con otros cambios implantados en el seno castrense— aunaba, pretendidamente, las ansias de mejora con las limitaciones presupuestarias. No obstante, en un par de décadas, los esfuerzos asistenciales de las Hijas de la Caridad en el ámbito militar fueron oficialmente complementados por otra organización internacional, aunque la ayuda venía ya de antes. Fue durante la última de las guerras carlistas cuando la Cruz Roja española comenzó a prestar asistencia a los heridos en los combates librados en el territorio nacional —peninsular, ultramarino y africano—, ya fuera desde las instalaciones ubicadas en la retaguardia, ya fuera desde los hospitales de sangre que la propia asociación gestionaba en la Península. En 1899, esta organización quedó formalmente vinculada a la Sanidad Militar, con dependencia del Ministerio de la Guerra y del Ministerio de Marina. Además, formaba parte de sus atribuciones el reclutar personal facultativo que pudiera prestar servicio en tiempo de guerra, instruyendo también a los enfermeros. Del mismo modo que sucedía en otros países, dicha asistencia era supervisada por los mandos de Sanidad Militar desplegados en las operaciones7. A resultas de todo ello, se puede afirmar que mientras, prácticamente, todo Occidente creaba con cierta profusión toda suerte de cuerpos de enfermeras y de auxiliares femeninos, la participación de la mujer española en la defensa se realizaba por medio del voluntariado civil y con estricta limitación al ámbito sanitario, ya fuera como dama seglar de la Cruz Roja, ya fuera como monja de la Caridad. Pese a ello, algo debió ser cambiado durante la Guerra Civil. Al comienzo de la citada contienda, 16 hospitales de titularidad militar se encon- 6  RODRÍGUEZ GONZÁLEZ, Carmen: “Las relaciones Iglesia-Estado en España durante los siglos xviii y xix”, en Investigaciones Históricas, n.º 19, 1999, pp. 215 y 216. 7  Real decreto, de 26 de agosto de 1899, aprobando las bases para la reorganización de la Sección española de la Asociación internacional de la Cruz Roja, GM, 29 de agosto. Revista de Historia Militar, 119 (2016), pp. 221-244. ISSN: 0482-5748


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