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REVISTA HISTORIA MILITAR 119

22 ALBERTO BRU SÁNCHEZ-FORTÚN que todos se conocían, era difícil no sospechar el reparto amigable de esas promociones16. Además, la facilidad de las comunicaciones con Marruecos había permitido la aparición de una casta de privilegiados que aparecían por África cuando se ponían en marcha las operaciones, obtenían el ascenso al poco de llegar y volvían inmediatamente a la Península. De modo que más de una brillante carrera militar se erigía sobre muy pocos días de campaña17. Fuera o no cierta esta acusación, la mayoría de la oficialidad estaba convencida de que lo último que se premiaba era la constancia en el sacrificio. Tampoco servía de mucho que el artículo 9 del primero de los reglamentos dejase libertad al comandante en jefe para que, sin sujetarse obligadamente a los resultados de los juicios de votación, propusiese al gobierno ─un gobierno que pintaba muy poco en estos asuntos─ las recompensas de guerra que estimase oportunas, porque no se atrevería a chasquear las combinaciones de sus subordinados, a fin de que estos no entorpeciesen las suyas. En realidad, al caciquismo ministerial o al de las altas jerarquías del Ejército18 se sumaba otro, mucho más difuso y extendido, protagonizado por jerarquías menores, pero no menos desasosegante para el oficial de a pie. 16  En la Revista Científico-Militar n.º 5 de 10 de marzo de 1911, pp. 65-69, aparecía un artículo titulado “Algo sobre las recompensas por méritos de guerra”, firmado con el seudónimo de “capitán Subrio Escápula”, en el que se solicitaba excluir de los juicios de votación a los ayudantes de campo de los generales y a los oficiales de los cuarteles generales, a fin de arrinconar cualquier favoritismo. También Leopoldo Bejarano se mostraba desconfiado hacia los ayudantes de los generales y, sobre todo, hacia los componentes del cuerpo de Estado Mayor, en un suelto titulado “Cosas de la campaña/ Las recompensas”, en El Liberal (Madrid, 1879) de 24 de mayo de 1912, p. 2, (subrayo que es un medio de prensa civil). Contribuían a esa suspicacia casos como el presentado en el Congreso por Rodrigo Soriano, en el que se denunciaba el ascenso a teniente coronel del comandante Gómez Souza, tras haber permanecido solo 20 días en la zona de Melilla. Se daba el caso de que ese comandante era el hijo del general Gómez Jordana, antiguo ayudante de órdenes del rey, y por aquellos días jefe de Estado Mayor de la Capitanía General de Melilla, en DSC.Congreso n.º 142 de 19 de junio de 1912, p. 3953; en p. 3958, Soriano afirmaba que existían “desigualdades irritantes en la cuestión de recompensas” y que “hay un gran descontento en el ejército”. 17  La Correspondencia de España de 14 de agosto de 1913, p. 1. También el comandante de Infantería Nazario Cebreiros, en su obra con seudónimo EL CAPITÁN EQUIS: El problema militar en España: apuntes para un estudio sincero y al alcance de todos. Segunda parte: III. Los problemas de la oficialidad. IV. La administración central. V. La industria militar. VI. La administración regional. Burgos: Imp. J. Saiz y Comp.ª, 1917, ironiza en p. 296, hablando de la “emigración golondrina”. Las páginas dedicadas a los ascensos y recompensas de guerra van de la 292 a la 322. 18  Ibídem, p. 302: “Toda España sabe hoy que los ascensos y recompensas de campaña constituyen sencillamente un botín que se reparte después de cada acción, y por cuyo medio los altos empleos del ejército se heredan y reparten en las familias, como en pleno feudalismo”. Revista de Historia Militar, 119 (2016), pp. 22-66. ISSN: 0482-5748


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