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36 ALBERTO BRU SÁNCHEZ-FORTÚN servicio y del desempeño durante tres años ─uno de ellos al menos en el primer tercio de la escala─ de destinos que conllevaran mando de tropa o resultasen ser destinos técnicos de plantilla. En la práctica, la realidad negaba que tal selección se aplicara46, lo que no parecía importar al Estado Mayor Central. Aun reconociendo que la antigüedad sin defectos ahuyentaba el estímulo y no garantizaba la aptitud técnica, el alto cuerpo ni siquiera consideraba conveniente permitir avances en la escala como recompensa de paz o de guerra. Esta postura tan contraria a la elección se explicaría quizás por la inquietud que pudieran provocar los primeros pasos de las Juntas de Infantería en la guarnición barcelonesa, pero más seguramente, si hemos de creer al Capitán Equis, por el veto impuesto por los representantes de los cuerpos de Artillería y de Ingenieros ─como sabemos, celosos defensores de antiguo de la escala cerrada─, que no habrían dudado en llegar hasta el presidente del Consejo para defender sus tradiciones corporativas47. En cuanto a los ascensos de guerra, dejaban de considerarse como recompensas en las bases elaboradas por el ministro, pero se podían conceder en beneficio del Estado para aprovechar las condiciones relevantes de algún individuo en la dirección y mando de tropas, aunque siempre con ocasión de vacante. La insistencia de Luque en mantener la escala abierta en tiempo de guerra era la lógica consecuencia de su impotencia para abrirla en tiempo de paz. En realidad, en su pensamiento los ascensos por méritos de campaña serían innecesarios si la elección fuera posible en todo tiempo. Por otro lado, las garantías que se introdujeron en el proyecto de ley para la concesión de estos ascensos de guerra se concretaban en que debían producirse a propuesta del general en jefe, previa la instrucción de un expediente contradictorio de carácter sumarísimo, ordenado por aquel, pero resuelto por el Consejo Supremo de Guerra y Marina, esto último quizá un guiño a Echagüe y a los conservadores. El ascenso así concedido se otorgaría para cubrir la primera vacante que se produjera. Como vemos, los juicios de votación desaparecían por completo, porque acabar con ellos era probablemente lo único que en este momento podía suscitar la completa unanimidad del Ejército en el problema de los ascensos de guerra. El mismo ministro tuvo palabras muy duras contra esos juicios en el discurso de presentación del proyecto ante el Senado, señalando su completa adulteración, pero no por las altas instancias militares, sino por los jefes y oficiales que participaban en ellos, y que traicionaban el espíritu democrá- 46  EL CAPITÁN EQUIS: op. cit., pp. 279-283, demostraba que la selección pretendida por el EMC no había existido nunca en España. 47  Ibídem., p. 317. Revista de Historia Militar, 119 (2016), pp. 36-66. ISSN: 0482-5748


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