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REVISTA HISTORIA MILITAR 119

62 ALBERTO BRU SÁNCHEZ-FORTÚN bién que el proceso que culminó en la constitución de las Juntas necesitaba una maduración de años, lo que explicaría que el estallido juntero se produjera dos décadas después de las desaforadas recompensas coloniales de fin de siglo. Sin embargo, para justificar ese retraso añadiremos algo más. Las campañas ultramarinas duraron solo tres años y se cerraron abruptamente por la catástrofe del 98. De manera que, con la paz, la irritación causada por los empleos concedidos entonces pudo remansarse después. Caso muy distinto fueron las campañas marroquíes porque amenazaban prolongarse indefinidamente. Los años pasaban y lo que hubiera debido ser una coyuntura bélica puntual devino en una estructura permanente que proporcionaba una impagable coartada para poder desarrollar prácticas caciquiles, reales o imaginarias, en la elevación de las carreras profesionales de unos pocos y la consiguiente postergación de todas las demás. Ese desasosiego sin final a la vista tuvo que ser clave en la aparición de las Juntas. Con tanto mayor motivo si esta situación estructural de constante manipulación de las escalas a través de los ascensos de guerra no se produjo en un cuerpo de oficiales en crecimiento, como ocurrió a fines de siglo anterior por la presión de nuestras necesidades bélicas en Cuba y Filipinas, sino en un marco general en el que, por razones presupuestarias, se intentó adelgazar las plantillas, o al menos ese fue el discurso oficial, como en el caso, por ejemplo, de las reformas de Luque de 191688. Por lo tanto, la “orgía”, la “catarata” y el “diluvio” ─así calificaba siempre el estereotipo de la época la concesión de empleos por méritos de guerra─ se desataron más que en ninguna otra parte en Cuba y en Filipinas, pero dejaron conmocionados para siempre a los profesionales de la milicia. Así se explica la extrema ansiedad que se extendió por los medios castrenses cuando se anunciaron las primeras recompensas por la campaña de Melilla. Cuba y Filipinas no solo habían traumatizado al pueblo español, alejándolo para siempre de empresas coloniales, también convulsionaron de tal manera a la oficialidad del Ejército que una sustancial mayoría de ella, por defender la eficacia de sus escalafones, se atrincheró en la defensa a ultranza de la 88  MINISTERIO DE LA GUERRA: op. cit., 1916. En p. 98 aparece un cuadro estadístico titulado “Estado comparativo del personal de jefes y oficiales que figura en el Anuario del corriente año con el que requiere la organización que se propone”, que ilustra la base décima, “Plantillas”, del “Proyecto de ley orgánica militar redactado por el Estado Mayor Central desarrollando las Bases anteriores”, presentado por Luque en 1916, y que no llegó a discutirse en el Congreso. Este cuadro estadístico informa que la nueva organización propuesta en el proyecto convierte en sobrantes a 145 coroneles; 287 tenientes coroneles; 483 comandantes y 1.264 capitanes, todos ellos de las escalas activas, mientras faltan 698 subalternos. En Infantería los sobrantes en la escala activa se concretan en 49 coroneles (de 226), 152 tenientes coroneles (de 468), 378 comandantes (de 1.012) y 807 capitanes (de 2.284), mientras faltan 318 subalternos, a pesar de que ya hay 1.952. Revista de Historia Militar, 119 (2016), pp. 62-66. ISSN: 0482-5748


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