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82 FERNANDO CALVO GONZÁLEZ-REGUERAL de los exiguos medios para hacerlo–, desemboca en una guerra mucho más larga de lo previsto por el Director incluso en sus hipótesis más pesimistas. Es una fase en un principio francamente desfavorable para los sublevados que dará paso a una nueva de equilibrio a medida que vaya afluyendo ayuda internacional a ambas facciones y los ejércitos enfrentados vayan siendo dimensionados para los nuevos, duros tiempos que se avecinan (200.000, 300.000, medio millón de hombres en cada bando… y creciendo). Los volúmenes que continúan son fiel reflejo de lo que a partir de abril del 37 fue ya la dinámica de aquella contienda: una alternancia entre las campañas planteadas por el alto mando nacional para conseguir objetivos estratégicos –más en consonancia con los planteamientos de una guerra moderna– y la búsqueda por parte del mando republicano de una batalla resolutiva –dentro de un esquema quizá muerto para siempre en los campos de Flandes del 14- 18–. La ofensiva sobre Vizcaya y la gran batalla de Brunete, la campaña de Santander/Asturias y la disputa de Belchite constituyen así el objeto de estudio de las monografías 6 a 9 incluidas: “Es una idea unánimemente aceptada la de que la guerra de España se resolvió en el Norte después de la estéril confrontación de Madrid. En efecto, la faja cantábrica era como un puñal levantado sobre las espaldas de León, Castilla y el valle del Ebro, y tras ella se encontraban grandes reservas de todo orden. El que fuese capaz de usarlas bien podría arrojarlas sobre su enemigo, venciéndole definitivamente. El caudal pasó de una a otra mano, y quienes no habían sabido sacar partido de él, conocieron tarde lo que habían perdido. Pero la victoria allí no fue fácil para el mando nacional”, leemos en el texto para la solapa de La guerra en el Norte. Llegado el crudo invierno de aquel año de 1937, la guerra entra en una etapa claramente ventajosa para Franco y sus ejércitos, cuya maquinaria bélica es ahora formidable, no solo por el apoyo foráneo, sino por la calidad de sus mandos y la de sus fogueadas tropas, su más acertada orgánica y el mejor aprovechamiento, en fin, de todos los recursos a su alcance (militares, pero también económicos, políticos, diplomáticos y hasta propagandísticos, pues aunque es cierto que la propaganda gubernamental fue mejor en cuanto a la calidad de sus ‘productos’ y artistas, no parece serlo tanto si se mide en relación a la eficacia en el exterior, donde una cualificada red de agitadores pro nacionales lograba éxitos entre influyentes élites, lo que le permitió por ejemplo disponer de un flujo continuo y abundante de combustible procedente de los Estados Unidos). A partir de entonces continuará la alternancia que hemos reseñado en el párrafo anterior, si bien ahora el ciclo se inicia con las batallas planteadas por el Estado Mayor de Vicente Rojo para entorpecer los movimientos del adversario, aceptadas por Franco para desgastar a su enemigo y montar sobre ellas contundentes contraofensivas: la batalla de Teruel seguida Revista de Historia Militar, 119 (2016), pp. 82-96. ISSN: 0482-5748


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