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REVISTA DE HISTORIA NAVAL 134

JOSÉ ANDRÉS ÁLVARO OCÁRIZ «Las cualidades marineras de los vascos gozan de buena prensa. Esta justa celebridad no es una gloria pasajera y de campanario, sino que trascendió hace siglos nuestras fronteras, y encuentra su huequecito en los más variados diarios de viajeros observadores y coleccionistas de noticias. Venturino de Fabbriano, por citar un ejemplo, anotó en un viaje por nuestras tierras en 1571-72, la potencia de nuestras construcciones navales, y nos dedicó este elogio singular: “Estos vascos son en el arte de navegar peritísimos, durísimos y expertísimos en trabajos de mar y mejores que todos los demás navegantes”. Entre los más famosos hombres de mar es preciso conceder un puesto de honor al gran Fray Andrés de Urdaneta. Invito al lector a leer de un tirón, como lo acabo de hacer yo mismo, el maravilloso relato de su vida escrito por josé de Arteche, y a cotejar el heroísmo y las proezas del ilustre guipuzcoano con las de los actuales astronautas. y lamento, de paso, el escaso conocimiento que, de estas figuras casi legendarias, tiene nuestra juventud, subyugada por otros ídolos y desgraciadamente abandonada a su pobre ejemplaridad. Urdaneta, apenas superada la infancia, se lanza a la aventura del mar desconocido, bajo la sombra tutelar de Elcano. Cruza paralelos y meridianos inexplorados, y vive, durante diez años de mocedad, horas de gozo o de angustia, difícilmente igualables. Pertenece por derecho propio al gremio de los “durísimos” que menciona Venturino. Podría dar fe de ello, mejor que documento alguno, la cicatriz de su rostro chamuscado. Pero también se merece el título de “peritísimo y expertísimo”. Su intensa y singular vida marinera por el inmenso Pacífico crea en él un conjunto de rarísimas cualidades de hombre de mar. Gran sentido de observación, conocimiento del cielo y del océano, rapidez en sus reacciones, audacia. Cuando Urdaneta viste el hábito religioso y trabaja como maestro de novicios en México, afina las cartas de marear del espíritu para orientar los derroteros de las almas, pero no se despoja de su pericia marinera. El mar lo atrae irresistiblemente como a todo marino. y acaso al contemplar la bisoñez de otros menos avezados que él a la dura brega, no se resigna a dejar morir en la infecundidad el tesoro de su experiencia de viejo lobo de mar. Hace exactamente cuatrocientos años redactó Urdaneta un extenso escrito dirigido a Felipe II y al Consejo de Indias (16). El maestro de novicios tenía algo, mucho que decir; casi la necesidad de descargar su conciencia antes de morir. El título de este raro documento que han acariciado mis manos en el Archivo Histórico Nacional de Madrid, reza así: Memoria de las cosas que me parece que será bien que el Rey nuestro señor tenga noticia dellas, para que mande proveer de lo que más fuere servido. Urdaneta propone al monarca un maduro proyecto encaminado a reorganizar los asuntos del mar del lejano México. Fundamentalmente, aboga por la conveniencia de fijar en Acapulco, puerto situado en el litoral del Pacífico, el centro de las construcciones navales y del tráfico marítimo, abandonando el puerto de la Natividad. Este último, situado en tierra malsana y despoblada de indios era un auténtico cementerio humano. Oficiales y marinos enfermaban y morían con frecuencia, las subsistencias eran escasas y caras; por falta de operarios se retrasaban las obras de los astilleros. Muchos de los que embarcaban en los galeones estaban ya enfermos y fallecían al hacerse a la mar. (16) Archivo Histórico Nacional, Documentos de Indias, 175. 64 REVISTA DE HISTORIA NAVAL Núm. 134


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