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REVISTA DE HISTORIA NAVAL 134

LA INTELIGENCIA EN LA EMPRESA DE INGLATERRA: LECCIONES APRENDIDAS constituir un sistema muy seguro. Sin embargo, pecando de soberbia, el monarca llegó a creer que sus mensajes eran indescifrables (64), siendo así que fueron descifrados por los agentes de Walsingham (65). También se empleaban otros sistemas de protección de la información, como la ocultación mediante escritura microscópica o el uso de tintas invisibles. Sin embargo, la interceptación de los correos y su posterior y laborioso proceso de descifrado no eran los únicos métodos de conseguir la información; en todas las cortes y embajadas europeas se dieron casos de desaparición de códigos y claves por robo o por soborno de algún funcionario (66). Es significativa al respecto la peripecia del criptoanalista john Dee, el cual, bajo la tutela de los ministros Cecil y Walsingham, descifró el código de Tritemius (67). La «leyenda negra» y la propaganda La empresa de Inglaterra es un caso paradigmático de uso eficaz de la propaganda, un instrumento más de los servicios secretos que los ingleses supieron usar con eficacia en provecho de sus intereses. De hecho, las denominaciones originales que en la época se le dieron a la Empresa («Empresa de Inglaterra», «jornada de Inglaterra», «la Armada»...) fueron dando paso a «la Armada Invencible», que es la que hoy goza de un uso más extendido. Tal denominación, aparte del sarcasmo que lleva implícito, hace de la derrota naval el centro de los hechos, cuando dicha derrota no existió como tal. Resulta curioso comprobar que en nuestro propio país hayamos asumido esta manera de enfocar el suceso. Que el aliento de una campaña iniciada hace siglos llegue a nuestros días es harto expresivo de la eficacia de la propaganda (68). No obstante, este recurso a la propaganda en contra de Felipe II y de la Monarquía hispánica no fue exclusiva de los ingleses; los rebeldes holandeses, encabezados por Guillermo de Orange, fueron los artífices de la «leyenda negra». El objetivo era claro: desprestigiar al monarca y a sus súbditos presentándolos como fanáticos católicos, concitando así contra ellos la hostilidad de la población de los Países Bajos. Cierto es que, tras la designación del duque de Alba como gobernador de las Diecisiete Provincias, se implantó una política de mano dura que sofocó las rebeliones sin reparar en brutalidades. Sin embargo, Felipe II no fue, objetivamente, un rey sanguinario (69), aunque tampoco demostró demasiado interés por la propaganda (70). (64) ORTEGA TRIGUERO y otros: op. cit. (65) MORÁN TORRES: art. cit. (66) CARNICER GARCÍA y MARCOS RIVAS: op. cit. (67) NAVARRO BONILLA: ¡Espías! (68) PARENTE RODRÍGUEZ: art. cit. (69) PéREZ y otros: op. cit. (70) CARNICER GARCÍA y MARCOS RIVAS: op. cit. Año 2016 REVISTA DE HISTORIA NAVAL 89


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