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206 MANUEL MONTERO GARCÍA La mayoría fueron quintos, es decir, llegaron a Cuba a cumplir el servicio militar tras ser sorteados el año que cumplían los 19 años8. Ahora bien: hubo muchos voluntarios, contra lo que sugieren los estereotipos que imaginan un rechazo rotundo a la guerra. No podemos precisar cuántos de los 74 lo eran, pues debe deducirse a partir de expresiones de los textos –sobre la soldada que ganaban, su antigüedad, el contraste con los quintos- no siempre precisas, así como de distintas circunstancias personales. Según los indicios, resulta probable que cerca del 20 % fue voluntario. En un momento de crisis de empleo -en 1895 y 1896 la hubo- constituía una opción real para los jornaleros. La garantía de un sueldo por cuatro años constituía un aliciente para sectores ya acostumbrados a la disciplina laboral. Muchos voluntarios eran primogénitos de familias de cinco o seis hermanos, a veces el único varón en edad laboral. Verosímilmente –lo confirman comentarios de las cartas-, la decisión de ir como voluntario formaba parte de la estrategia familiar, en la que su sueldo contribuiría al mantenimiento común. En algunos casos, de economía muy precaria, quizás fueron a la guerra como sustitutos, a cambio de una cantidad de dinero. Las misivas de los soldados, que a veces distinguen entre quintos y voluntarios, no señalan a estos como un grupo diferenciado. El voluntariado militar constituía una opción más de las que tenían ante sí los obreros cuando cumplían los dieciocho años y muchos la siguieron en momentos de apuros económicos. En esto no hemos localizado distingos en función de la procedencia de los soldados: hubo voluntarios entre los que habían inmigrado a Baracaldo y los que habían nacido allí, incluyendo a los de familias arraigadas en la localidad ya en el XVIII. En realidad, todos compartían niveles económicos muy modestos. Unos participaron en grandes operaciones, con largas marchas y combates en la manigua cubana o en la Pampanga filipina; otros estuvieron básicamente en los fuertes de las trochas cubanas o en las guarniciones de Cavite o Manila, sin que cuenten hechos de armas. Algunos estaban en Cuba ya en 1895 y combatieron durante tres años; otros llegaron según se movilizaban las distintas quintas o las reservas de las anteriores. No fue lo mismo combatir en las Antillas que en Oriente. Las circunstancias fueron muy diferentes, pero las apreciaciones de las cartas que podemos identificar como moral militar son coherentes entre sí. Proporcionan un cuadro homogéneo, pese a la diversidad de destinos y avatares militares, tanto en los rasgos fundamentales, los que permanecen, como en los cambios de los estados de ánimos 8  Para las distintas circunstancias de la movilización, FRIEYRO DE LARA, Beatriz: El soldado riojano en la guerra de Cuba, Rev. Berceo, 1998, pp. 39-56. Revista de Historia Militar, 121 (2017), pp. 206-234. ISSN: 0482-5748


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