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216 MANUEL MONTERO GARCÍA que estaba en Cárdenas, Cuba, en 1897 y que se planteaba pedir el traslado a Filipinas. En todo caso, predominaba la idea de la victoria española, aunque algunos cuestionaran la idea de que fuese inmediata. Ninguna carta habla específicamente de la disciplina: los soldados mencionan la valentía como la virtud que les lleva a la victoria, no la preparación o su eficaz encuadramiento en el ejército. Sin embargo, no hay duda de que eran disciplinados. A veces protestan contra deficiencias organizativas, pero nunca contra las tareas básicas que les ordenaron. “Todos los días nos hacen andar de 8 a 10 leguas, todos los días” escribe un soldado en marzo de 1896, “pasamos mucha sed en las marchas”. Pero lo hacía constar como gajes del oficio, sin que se atisbe rechazo ni reticencias al cumplimiento del deber. “Estamos muy alegres”, su evaluación final, no sugiere recelos a ese régimen de vida. Otro soldado menciona sus difíciles y agotadoras operaciones del verano del 97, en las que no faltaron enfrentamientos con el enemigo. “Nos levantamos a las 3 de la mañana y hoy acampamos a 8/9 de la noche, así que andamos a leguas todos días”. En tres días realizaron 34 leguas, pero su conclusión sugiere la aceptación disciplinada de los esfuerzos. “Esto es pasar trabajos, unos días cantando y otros tristes, así que hay que pasar la guerra de Cuba”. Los ejemplos son abundantes. Las labores más duras de la guerra fueron asumidas sin reticencias en los relatos de los soldados, que se limitaban a contarlas. Hacen constar a veces el cansancio o incluso el agotamiento, pero no las cuestionan. Las más diversas situaciones fueron objeto de un tratamiento de este tipo. Cabe citar las siguientes: las operaciones incesantes por la manigua, a veces varios días persiguiendo a un enemigo que se desvanecía; la marcha militar al sur de la provincia de Cavite o por la Pampanga; los enfrentamientos armados, a veces varias horas bajo el fuego enemigo13; la escasez de avituallamientos cuando estaban de operaciones14. 13 .“Ya me pasarían más de mil balas por encima, pero de estas que estallan en el aire que parecen cohetes cuando estallan, pero por eso nunca hay miedo” era la peculiar apreciación de Fidel Yburo al contar un enfrentamiento que tuvo lugar en diciembre del 97, en Cuba. Desde el apostadero de Cavite escribía Domingo Moya un año antes: “sabrá como tuvimos el día 9 del presente mes noviembre de 1896 de las nueve a las dos de la tarde un enfrentamiento con los insurrectos, lo cual tuve suerte, que me salvé de la muerte”-. 14  Fue una situación frecuente. Un caso extremo figura en el relato de Anastasio Portillo, que en enero del 97 escribía desde Manila y contaba que a unos días de llegar les habían sacado de operaciones a las doce de la noche y estuvieron cuatro días por el campo sin encontrar agua y sólo pudieron comer alguna gallina que “pescaban” al pasar junto a algún pueblo y sin apenas cocinarla, porque el hambre les acuciaba. No obstante, la carta de Anastasio resultaba optimista, los apuros eran sólo un episodio más. Revista de Historia Militar, 121 (2017), pp. 216-234. ISSN: 0482-5748


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