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LA MORAL MILITAR DE LOS SOLDADOS ESPAÑOLES… 225 militar, aunque no se percibió así. Las reconcentraciones provocaron un desastre humanitario. Cientos de miles de cubanos fueron hacinados en pésimas condiciones, mal abastecidos. Las reconcentraciones fueron el caldo de cultivo para que estallasen epidemias. La enfermedad pasó a los soldados españoles. Nuestras cartas las mencionan cada vez con más frecuencia, los hospitales, el vómito. Crearon un ambiente hosco, que alentaba los pesimismos. Los soldados comenzaran a temer la enfermedad y que se prolongase Revista de Historia Militar, 121 (2017), pp. 225-234. ISSN: 0482-5748 la guerra. El soldado Arteagabeitia escribió a casa el 22 de junio. Su carta refleja el nuevo estado de cosas. El último mes había estado dos veces en el hospital por el vómito (la fiebre amarilla) y muchas más a cuenta de “unas grandes úlceras”. Transmite una profunda desmoralización. Su batallón tenía dos mil hombres y “no hay ochenta buenos”. “Dicen que la viña pobre se seca; entonces si estoy esperando a que dé uva para ir, tarde me ven”. La congoja le llevaba a suponer que no volvería a casa. Noticias de este tipo se repiten los siguientes meses, incluyendo la de algún muerto. Víctor Zuloaga contaba el fallecimiento de Clemente Campo en el hospital, muchos hablan de enfermedades. De los 200 hombres de su compañía sólo 20 habían quedado sin ir al hospital22. De esta época arranca también la desconfianza en la dirección de la guerra. No respecto a sus mandos inmediatos, pero sí por cómo se estaba llevando la contienda. Alguno trasmite la idea –sería una versión que circulaban entre los soldados- de que la guerra no se terminaba porque “no querían”. “Esto es un comercio muy grande”, se prolongaba la guerra porque era un negocio para muchos. “Esto no se acaba porque no quieren”, todo es para que saquen medallas. Se diluía la solidaridad patriótica con los mandos. Las tropas empezaban a sospechar de los superiores, no sabían qué hacían aquí. Las reticencias estaban muy extendidas. Las enfermedades, el cansancio y la falta de explicaciones abrían la etapa sombría. Algunos creían que si no licenciaban a su quinta era porque no querían, no por necesidades militares. Antes casi todos aseguraban que la guerra estaba acabada, ahora podía el escepticismo. Aquí, “en la isla”, “no se sabe nada”. Siempre es lo mismo, “ni parriba ni pabajo va la cosa de esto de la guerra”. “Por aquí va jodido todo”. “No hagan caso a los noticieros” cuando les dijeran que aquello estaba arreglado. Un año antes algún soldado se quejaba de lo contrario, del catastrofismo de “los hombres que escriben en los periódicos”. De pronto estaban asustados –una sensación nueva en las cartas-, “estamos con 22  Así lo describe Zuloaga: “Era cosa de risa el ver la compañía con 20 hombres y el capitán, 1 sargento, 2 tenientes y 1 cabo 1 soldado 1ª que era un servidor”. Al de unas semanas él también cayó enfermo y murió. Seguramente pasó lo mismo con Arteagabeitia.


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