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226 MANUEL MONTERO GARCÍA mucho miedo por motivo de que estamos poca gente”, sólo dos regimientos. De nuevo volvían enfrentamientos sangrientos. En Quivicán “los insurrectos entraron a machete igual que fieras y mataron algunos”. “Anda mucha enfermedad, el vómito aprieta, cae gente como moscas”. “Yo lo veo malo de que hagan las paces”, “esto no sabemos cuándo se acabará, porque yo no veo ninguna mejoría”. El pesimismo se generalizaba. “Esto, hermano, no tiene ánimo de acabarse pronto”. Y volvía el agotamiento, “desde que vine a esta isla ya no he vuelto a saber cuándo es domingo”. “Si malo lo veía el mes pasado, pues malo lo veo este”23. Se palpa la desmoralización. Un convoy, en Puerto Príncipe: 16 muertos –“con esto no le digo más”- y 400 soldados que al regresar quedaron en el hospital. Las enfermedades estaban causando estragos en el ejército español y los insurrectos les hacían frente con algún éxito. “Esto está tan fresco como el primer día”, “si no toma otra marcha vamos a tener guerra para rato”. No por la fortaleza del enemigo sino porque la guerra “no es más que una cuestión de negocios” y los superiores querían que durase, para coger honores y estrellas. “Y el pobre soldado que se fastidie”. Se generalizaban el escepticismo y la desconfianza hacia los mandos militares. “Mi regreso está cada vez más lejos”, confirmaba un soldado que había estado 29 días enfermo. Conservaba el ánimo, pero el regreso lo veía bien lejano. José García había estado en el hospital y daba noticias de tres que volvían a casa por enfermedad24. Todos hablaban de enfermos, los que escriben por aquellos días25. Las cartas transmiten la percepción de los soldados, su situación anímica, su moral: las impresiones son coherentes y numerosas. Proporcionan una imagen consistente: agobios militares en los primeros meses de la guerra; confianza a partir de febrero de 1896, cuando llegan a pensar en que se ha acabado la guerra; desmoralización brusca a partir de julio de 1897, porque la guerra no se termina, por las enfermedades y por los enfrentamientos de nuevo agudos. La moral de los soldados es un componente fundamental en la marcha de la guerra. Pues bien: cabe concluir que desde esa perspectiva la estrategia de Weyler tuvo resultados fatales. Al principio les dio seguridad, al situar a los soldados en destacamentos fijos, con avituallamientos estables. Después 23  El autor de la carta, Isidro Salvide, estaba en Melena del Sur, al oeste de la isla, y aseguraba que operaban “infinidad” de columnas españolas “y total para no hacer nada” 24  Efectivamente, Generoso Trueba, el autor de la carta, no volvió de Cuba. 25  “Han sido calenturas, que ahora andan muy abundantes por este país y ahora más por esta provincia que en las demás de la isla”, comunicaba Gregorio Castaños, sargento de 20 años. Y la guerra estaba igual que el primer día. Revista de Historia Militar, 121 (2017), pp. 226-234. ISSN: 0482-5748


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