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que tienen los individuos para influir o participar en las decisiones que afectan a su vida) en estas instituciones, por lo que es imprescindible llevar a cabo una profunda reforma7. Parece como si las autocracias se encontrasen en mejor situación para luchar contra la incertidumbre desglobalizadora, aunque sea a costa de poner en duda el régimen de los derechos humanos universales. El ya citado informe de Freedom House afirma que, desde 2006, se ha producido un paulatino retroceso en los índices de libertad global, fundamentalmente en el imperio de la ley y la libertad de expresión. No es de extrañar que, ante estas circunstancias, el orden mundial creado después de la Segunda Guerra Mundial esté siendo contestado tanto por «potencias revisionistas» como por grupos de ideología radical. La hegemonía occidental ha provocado el resentimiento por parte de Rusia, China y otros poderes emergentes. Ante el repliegue estratégico norteamericano, cuyo liderazgo hasta el momento había coartado las opciones de los demás actores mundiales, estas naciones disponen de una inédita libertad de acción y tratan de aprovechar la coyuntura para revisar el orden internacional de acuerdo con sus preferencias. Bajo la dirección de su presidente, Vladimir Putin, Rusia ha mostrado una firme voluntad de presionar en todos los frentes del tablero geopolítico mundial con el fin de defender sus intereses nacionales. En repetidas ocasiones, los dirigentes de Moscú han mostrado su disgusto con el papel secundario que EEUU y sus aliados han otorgado a su país tras la caída del bloque comunista y reclaman una revisión de la arquitectura internacional impuesta por Occidente. Aunque teniendo en cuenta todo el abanico de instrumentos disponibles, la nueva política exterior de Rusia ha hecho del poder militar su forma de actuación predominante, el uso incondicional de la fuerza armada en su intervención en Siria hubiese sido impensable hace tan solo unos años. Igualmente, la crisis en las relaciones Rusia-Occidente, a raíz del conflicto en Ucrania, muestra cómo los intereses económicos y la cooperación en materia de seguridad internacional (paradigma globalizador) pueden ser sacrificados por motivos políticos, geopolíticos e ideológicos (paradigma desglobalizador). 22  REVISTA EJÉRCITO • N. 916 JULIO/AGOSTO • 2017 Por otro lado, China ha comenzado a establecer una red de instituciones regionales paralelas con el objetivo de obtener una mayor independencia con respecto a las organizaciones internacionales tradicionales. Con este movimiento, el presidente chino Xi Jinping parece decidido a que su país se convierta en el nuevo líder de la globalización. Su asistencia a la reunión anual del Foro Económico Mundial (la primera para un presidente chino), su apoyo sin precedentes al nuevo secretario general de la ONU y su creciente participación en operaciones de mantenimiento de la paz señalan un punto de inflexión en la política exterior de Pekín8. Sin embargo, China es precisamente uno de los actores fundamentales de la desglobalización. En la actualidad, el gigante asiático depende mucho menos de los mercados extranjeros para su crecimiento. Si hace diez años las exportaciones representaban un 37% del PIB de China, en la actualidad representan solo el 22% y la tendencia es a disminuir9. Nunca en la historia el poder económico de un Estado ha estado desconectado de su poder político y del deseo de ganar influencia en el mundo. Por ello, durante décadas China lleva inmersa en un ambicioso programa de reforma de sus Fuerzas Armadas y sus presupuestos de defensa aumentan cada año. La posible creación de estructuras de seguridad, que permitan gestionar de manera multilateral las crisis y conflictos que puedan surgir en Asia-Pacífico, se encuentra fuera de la agenda exterior china. En el ámbito doméstico, el nacionalismo se está utilizando como manera de aglutinar a la población en un momento en el que el crecimiento económico se ha reducido y se cuestiona, de manera incipiente, el poder omnipresente del Partido Comunista chino. La desglobalización supondrá, asimismo, una agudización de la debilidad de algunos Estados. La desaceleración de la economía mundial puede socavar la estructura socioeconómica de países ya en dificultades e impulsar el aumento de las luchas civiles. Estas circunstancias serán aprovechadas por grupos criminales y de ideología radical. En particular, la lucha contra el yihadismo, tanto en el interior de las sociedades islámicas como en los países afectados por sus actos terroristas, no ha hecho más que empezar. Este conflicto persistirá


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