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EJERCITO DE TIERRA ESPAÑOL 916

Geografía e Historia Indalecio Prieto en 1936. Él fue uno de los impulsores de la revolución de octubre de 1934 REVISTA EJÉRCITO • N. 916 JULIO/AGOSTO • 2017  65  En 1932 apareció en el firmamento político de la España republicana una estrella con la que la izquierda no contaba; un partido político con vocación republicana, conservador y de derechas. El alma y fundador de este partido era un joven católico de 33 años, brillante abogado y periodista, y el partido se llamó Acción Popular. José María Gil Robles convirtió su modestísimo partido inicial en el núcleo de la CEDA, partido que consiguió ganar las elecciones de septiembre de 1933 con una mayoría aplastante. Sin embargo, los partidos de izquierdas pretendieron impugnar la victoria de Gil Robles argumentando que la CEDA no había jurado la Constitución en las Cortes Constituyentes de 1931; argumento absurdo, pues el partido no existía entonces. Según la izquierda, el partido de Gil Robles era un caballo de Troya de la monarquía para desbancar la república. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. El republicanismo de la CEDA quedó ratificado en la entrevista de Gil Robles con Alfonso XIII en París, celebrada el 20 de junio de 1933, ante su compañero de partido Cándido Casanueva. Esta reunión tuvo como objeto explicar al rey que la CEDA era republicana, pues esa era la forma de Estado más conveniente para el país. Alfonso XIII lo aceptó, «que sea lo que más conviene para España», declaró, y desde ese momento quedó roto cualquier puente político que hubiera podido existir entre la CEDA y Alfonso XIII. De esa forma se distanció de los partidos monárquicos tradicionales, entre otros el de Miguel Maura, que aún mantenían una pequeña representación en el Congreso. A pesar del republicanismo de la CEDA, las izquierdas marxistas, principalmente el PSOE, le negaron toda legitimidad democrática o republicana, por muy legítima que hubiera sido su victoria en las elecciones de 1933. La derrota del PSOE en esas elecciones fue el final político de Julián Besteiro, y con él llegó el final del PSOE moderado republicano, cuyo liderazgo pasó a Indalecio Prieto y Francisco Largo Caballero, dos marxistas radicales empeñados desde entonces en imponer la «dictadura del proletariado» mediante la revolución marxista contra la república. Si Besteiro fue apartado en 1933, el republicanismo democrático de las izquierdas se acabó definitivamente en octubre de 1934. Liderados por Largo Caballero e Indalecio Prieto, y con la complicidad tácita de Azaña, los marxistas decidieron acabar con la Segunda República por la vía violenta. Prepararon su golpe durante meses, se aliaron con los independentistas catalanes y vascos, y lo lanzaron en octubre de 1934; no contra un gobierno de derechas, pues la CEDA no se hizo cargo del Gobierno después de las elecciones de 1933, ya que prefirió apoyar al gobierno centrista de Alejandro Lerroux. Así, el 6 de octubre de 1934, Largo Caballero hizo explotar la revolución, con entusiasmo secundado por la Generalitat de Cataluña de Companys y Dencás. Una revolución violenta con focos importantes en Madrid y Barcelona, principalmente, y otras muchas capitales españolas de Andalucía, Extremadura, La Mancha o Aragón, entre otras. Milagrosamente, el Gobierno de Lerroux consiguió dominar la situación en poco tiempo, aunque en Asturias los mineros se hicieron fuertes y dominarles tomó casi un mes y un importante despliegue militar dirigido por Franco y Goded desde Madrid. La revolución fracasó, pero marcó


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