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REVISTA DE HISTORIA MILITAR 122

144 RICARDO GONZÁLEZ CASTRILLO denominaba generalísimo al Capitán General, exigiendo que fuese hombre de “mayor experiēcia que otro alguno, de los que hā de obedecer”. Pero, con frecuencia, la realidad distaba mucho de esa aspiración. Para Álava y Viamont, este grado equivalía al de “Emperador entre los Romanos y Atenienses”. Baltasar de Ayala acude también al ejemplo romano y refiere que Cicerón estimaba “que en el supremo emperador conviene que se den estas cuatro cosas: la ciencia de las cosas militares, la virtud, la autoridad y la felicidad”. Las cualidades que el general debía poseer están, en bastantes tratados, inspiradas en este modelo romano, y se acompañan asimismo por otras, como la discreción, elocuencia y agudo ingenio. Por su parte, Scarion de Pavía menciona la conveniencia de que este cargo sea ejercido por persona de noble cuna. Es más, hace extensiva esta condición no sólo a este oficio, sino también a los maestres de campo y capitanes de infantería. Y justifica esta exigencia en el hecho de que la ascendencia nobiliaria iba vinculada a la posesión de determinadas virtudes, en especial la fortaleza y la valentía, ambas tan necesarias en un militar. Pero quizá quien realiza la semblanza más detallada de este mando, convirtiéndolo en el eje central de su obra, es Ortiz de Pedrosa. Su postura está, desde luego, en línea con el resto de los escritores reseñados, si bien el tratamiento del tema es más amplio y pormenorizado, llegando a especificar un conjunto de 83 normas a las que debía ajustarse el comportamiento y actuación de un Capitán General.23 El uso de la astucia aparece, pues, entre los consejos que Enríquez de Cartagena postula. Y una de las posibles añagazas que recomienda es la de fingir la huida en medio de la batalla con el propósito de atacar luego,24 la cual menciona asimismo el manuscrito de la Real Biblioteca de Madrid en el capítulo primero. Propone también Enríquez de Cartagena otro ardid aplicable en caso de asedio de una ciudad: escoger “treinta o quarenta hombres… haçiendolos que finjan ser fugitiuos del campo por algun agrauio que se les aya hecho”, los cuales podían luego facilitar la entrada a la ciudad, como se hizo en los casos que expone.25 En resumen, aconseja al General “rrecorrer a los engaños y astuçias en todas aquellas maneras y suertes de ymaginaçiones que se puedan pensar” para obtener la victoria.26 Y si Enríquez de Cartagena, al igual que el autor anónimo del manuscrito de la RBM, justifican y aprueban el empleo de estratagemas y cautelas en la guerra, otros varios tratadistas apoyaron también la licitud de su uso. Así, para Francisco Arias de Valderas “es licito en la guerra justa el empleo de artificios de engaño si 23  ORTIZ DE PEDROSA, Andrés: op. cit., fols. 26v-31r. 24  Fol. 116r. 25  Fol. 118r. 26  Fol. 120v. Revista de Historia Militar, 122 (2017), pp. 144-154. ISSN: 0482-5748


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