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REVISTA DE HISTORIA MILITAR 122

NOTAS PARA UN ESTUDIO SOBRE LA LAUREADA Y LA MEDALLA… 83 Podríamos invocar muchos más ejemplos, como el del capitán don Manuel Segarra Salvador, que defendió la dificilísima posición de Agrónomos (separada solo del enemigo por la actual avenida de la Complutense, es decir, el ancho de una calle) ante los reiterados y valerosos ataques de los republicanos, o el caso de José Ramón Finat y Escrivá de Romaní –conde de Mayalde, alcalde de Madrid en la posguerra-, que siendo alférez observador de artillería cruzó varias veces la pasarela de la muerte tremendamente batida durante los ataques de abril del 37 contra la Universitaria y Cuesta de las Perdices. Ambos se hicieron acreedores a la medalla militar. O qué decir, por ejemplo, del capitán de Artillería don Fernando Barón y Mora Figueroa, quien al mando de su batería llevaba combatiendo desde el Alzamiento en Sevilla el 18 de julio del 36, de forma destacada siempre: Llerena, Mérida, Escalona, Santa Olalla, Maqueda o Illescas, donde, alentando a sus tropas continuamente y disparando a cero las piezas, herido gravemente y negándose a ser evacuado, logra detener un ataque contrario. Ya más cerca de Madrid, siempre avanzando con la Infantería en vanguardia para darle apoyo inmediato, llega en el fragor de algún combate a utilizar a sus artilleros como infantes para colaborar con la acción: Cubas, Humanes, Fuenlabrada, Leganés, Carabanchel, Hospital Militar... hasta, tras cruzar el Manzanares, “culminar su actuación en los durísimo días finales de noviembre del 36 en la Ciudad Universitaria, donde recibe orden de emplazar una pieza delante del Hospital Clínico, y para no exponer a su gente en sitio tan batido, personalmente la apunta y cae mortalmente herido el 25 de noviembre, falleciendo Revista de Historia Militar, 122 (2017), pp. 83-96. ISSN: 0482-5748 después”. Historia de la Laureada Colectiva a distintas fuerzas por la defensa de las posiciones de la Ciudad Universitaria de Madrid Las recompensas, como su reverso, los castigos, deben buscar como una de sus primeras cualidades la ejemplaridad, para lo que la rapidez o inmediatez de su concesión con relación al hecho premiado es fundamental. Ya decían las Cortes de Cádiz al crear la Orden de San Fernando en el decreto de 1811 que lo hacían al objeto de “excitar el noble ardor militar que producen las acciones distinguidas de guerra”. Y en eso, la concesión de la laureada colectiva a la Universitaria, una laureada ‘cantada’, pedida en todos los ámbitos castrenses de la época pero también en foros civiles como la prensa, es un claro ejemplo de cómo se buscaba no sólo reconocer el hecho, sino animar con ello al mantenimiento de la posición, que todavía se estaba defendiendo.


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