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REVISTA HISTORIA MILITAR EXTRA II 2017

22 HUGO O´DONNELL Y DUQUE DE ESTRADA sados que reconocían en sus esposas el origen de su patrimonio común, no aportando ellos más que “su espada” a la sociedad conyugal. El siglo XIX español se ha definido como una continua lucha entre las facciones conservadoras y revolucionarias, definidas como liberales y absolutistas en un principio, y, una vez asentado el régimen constitucionalista, como progresistas y moderadas, partidarias las primeras de anteponer las libertades a cualquier otra consideración y las segundas empeñadas en robustecer el papel del trono. Una tremenda fractura ideológica en la sociedad española lo presidió todo. En ella no cabe atribuir a los “irlandeses” una actitud uniforme, ni siquiera preferente. Todas las banderas tuvieron sus irlandeses. Los hispanoamericanos de origen irlandés no adoptaron una u otra postura por irlandeses, sino por hispanoamericanos. Al evocar la memoria de un Bernardo O´Higgins que reconocía en su propio ardor combativo y en su patriotismo americano los sentimientos que atribuía al araucano Lautaro en su lucha contra los españoles, no puedo menos que recordar también la eficaz campaña pacificadora de su padre, Ambrosio, que llevó en 1793 a la sumisión de ese indómito pueblo, inconvenientes de ser historiador... Con un pie temporal entre uno y otro grupo, John MacKenna O´Reilly, cooperó con Ambrose y con Bernardo, según el momento. Los regimientos irlandeses por su parte, intentaron sofocar la insurrección americana. Juan O’Donojú y O’Ryan procedente del condado de Limerik por parte de padre y del de Kerry, por parte materna, fue el último gobernante español de la Nueva España hasta 1825. Frente a tantos “patriotas” de la Guerra de la Independencia, otros, encabezados por Gonzalo O´Farrril, su ministro de la Guerra, prefirieron a José Bonaparte. A los constitucionalistas como Lacy, se opusieron los absolutistas, como Pedro Sarsfield. En resumen, los “irlandeses” gozaron en la España de la primera mitad del siglo XIX de una paridad absoluta con el resto de los españoles, circunstancia que supieron aprovechar a nivel personal, pero sin especiales atisbos de obrar como grupo de poder. En el número, en el poder y en la influencia que detentaron reside lo extraordinario del caso, sin parangón en la historia nacional y europea. Acertó William Curry al afirmar en 1856 que “Irlanda puede vanagloriarse no sólo de haber transplantado al suelo español a mayor número de sus hijos que cualquiera otro de los reinos hermanos, sino además, de haber adquirido por medio de las hazañas de sus exiliados un rango de renombre al que los demás no pueden aspirar.”12 12  Curry, William, The Irish in Spain en The Dublin University Magazine, Vol. 48, 1856, p. 281. Revista de Historia Militar, II extraordinario de 2017, pp. 22-54. ISSN: 0482-5748


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