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REVISTA HISTORIA MILITAR EXTRA II 2017

LEOPOLDO O´DONNELL Y LA PRIMERA GUERRA CARLISTA 59 la Primera Guerra Carlista, sus hermanos Carlos,6 Juan José7 y Enrique,8 al igual que él oficiales de la Guardia Real, se unieron a las filas carlistas, mientras que Leopoldo optó por las de Isabel II. Para que el panorama sea más completo hay que añadir que su único cuñado, el también capitán de la 6  El más importante de los O’Donnell carlistas fue su hermano mayor, Carlos Luis, que era coronel de caballería de la guardia antes de que comenzase la guerra y que falleció como consecuencia de las heridas experimentadas en el campo de batalla el 17 de mayo de 1835. Sobre él puede verse el interesante artículo de GALLEGO, José Antonio: “Un nombre para la historia. Carlos Luis O’Donnell Joris”, en Aportes. Revista de Historia Contemporánea, núm 20, 1992, pp. 31-42. Según PIRALA, Antonio: Historia de la Guerra Civil y de los partidos liberal y carlista, segunda edición, refundida, y aumentada con la historia de la regencia de Espartero. Madrid, Imprenta del Crédito Comercial, 1868, tomo II, pp. 244-245 a él se debe la expresión “ojalateros”, que tan corrosiva estaba llamada a ser en el ejército de Don Carlos: “El oficial de caballería carlista, don Carlos O’Donnell, joven, valiente, instruido y gracioso decidor, volvía en una ocasión de un hecho de armas, y algunos de sus amigos que no las manejaban, al oírle referir el suceso le contestaron: “¡ojalá hubiesen Vds. atacado por tal o cual parte! ¡ojalá hubiesen Vds. hecho tal o cual movimiento! ¡ojala!... Pero les interrumpió O’Donnell replicando con viveza: -Siempre están Vds. con ojalás, ¿son Vds. ojalateros?”. Esta expresión corrió de boca en boca, y desde entonces era ojalatero todo el que no militaba, y como esta ocupación era la principal y más necesaria, ese nombre parecía imprimir un baldón a todos los que, pudiendo, no tomaron las armas, y el espíritu de partido adoptó luego este epíteto como un medio de herir, como hirió, a clases y personas respetables. Si al pasar los batallones por un pueblo o sus inmediaciones, veían los voluntarios entre las gentes que salían a verlos, alguno que le creyesen ojalatero, principiaban a decir los unos: ¡ojalá ataquen! y contestaban otros: y ganemos. Esto producía la hilaridad en las filas, que comunicándose desde la cabeza a la cola eléctricamente, se convertía en una gritería infernal, haciendo que desapareciesen los ojalateros, y los que no lo eran, para que no se les tuviera por tales. Aun entre los mismos navarros, ocurría algunas veces el que, si un oficial o un voluntario, cualquiera, que había estado curándose de sus heridas, no se presentaba en las filas en cuanto dejaba las muletas, se le llamaba, si bien en tono de chunga, ojalatero, por sus mismos convecinos y amigos, y muy particularmente por las muchachas del pueblo. Todo revelaba en aquellas decididas gentes el empeño común, el deseo vehemente de que se pelease sin tregua ni descanso para vencer; más luego degeneró dolorosamente la ojalatería, haciéndola valer como arma de partido; luego se quiso que los que no pertenecían a cierta fracción fuesen ojalateros, los ojalateros, transaccionistas, y estos, traidores. Tanta animosidad para juzgar de las personas, y tan poco discernimiento para saberlas conocer fue sumamente ruinoso a la causa carlista.” 7  Marchó con la expedición de Guergué a Cataluña y fue hecho prisionero por los isabelinos durante el bloqueo de Olot. Meses más tarde fue asesinado en Barcelona junto con otras decenas de prisioneros carlistas y su cadáver, al que los liberales cortaron la cabeza, arrastrado por las calles de la ciudad. 8  Único de los tres O’Donnell que sirvieron al Pretendiente que acabó con vida la guerra, aunque estuvo a punto de perderla cuando, tras acogerse al convenio de Vergara, se unió a las tropas del ejército del Norte que marcharon contra Cabrera, pues en uno de los combates fue gravemente herido por sus antiguos correligionarios. Revista de Historia Militar, II extraordinario de 2017, pp. 59-80. ISSN: 0482-5748


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