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REVISTA DE HISTORIA NAVAL 139 MAS SUP 26

ENRIQUE DE CARLOS BOUTET términos en que pudiese aprovecharse la buena disposición de su material; y no se propusieron otros mas proporcionados que el recojerla en una compañía con nombre de Guardias Marinas, siguiendo la máxima de otros príncipes» (30). El marqués de Villena, en la carta dirigida a Luis XIV en 1700, hizo hincapié en la necesidad de atraer a la nobleza a la milicia, un servicio que tendía a quedar reservado a mercenarios y criminales (31). La llegada de los Borbones significó un cambio notable en cuanto a la percepción de la imperiosa necesidad de involucrar al estamento noble en los ejércitos, probablemente por la convicción de que no existía otro capaz de realizar esa labor. Se pretendía, además, que las fuerzas armadas fueran un reflejo del carácter constitutivamente estamental de la sociedad del Antiguo Régimen (32). La organización de unas fuerzas armadas permanentes y profesionales y con conocimientos técnicos avanzados requería una oficialidad instruida y con dedicación exclusiva, a diferencia del modelo anterior. Ya en 1704, al crear los regimientos, que sustituían a los viejos tercios, se decía que «es mi voluntad que estos regimientos sirvan de escuela a la nobleza de mis Reynos (…) mando que se puedan recibir hasta diez cadetes, hidalgos y caballeros, en cada compañía los quales se distinguirán de los otros, así en el vestuario como en la paga» (33). Patiño estudió los modelos francés e inglés, hallándolos poco acomodados a las necesidades en España, como afirmaría en 1720 (34). Respecto al caso francés, se tropezó «con el inconbeniente de la demasiada libertad y economía que por su mezcla con el ynteres cada uno practicar por si mismo para su particular susbsistencia». En cuanto a las de Inglaterra, se observó «la demasiada sugecion y desprecio con que se tratan sin más objeto que conseguir con la practica material un buen maniobrista en cada sugeto». Ha sido tradicional en la historiografía naval española identificar el modelo creado por Patiño como intermedio «entre la excesiva persistencia en tierra de los Gardes de la Marine y la total permanencia a bordo de los midshipmen ingleses, faltos de unidad, de doctrina y conocimientos», en palabras de Arellano (35). La utilidad de los nuevos saberes era conceptuada de extraordinariamente necesaria en un momento en que la nación estaba reducida a potencia de segunda fila tras la Guerra de Sucesión y Utrecht. Frente a posibles programas, de impronta más teórica, de estudio de la mecánica celeste, en España, al igual que en otros países, el interés se centraba en una astronomía de signo náutico, carto- (30)  AMN, Ms. 1181, ff. 67-73, «Copia del informe que redactó para S.M. el Sr. D. José Patiño, Intendente General de la Marina de España, en el año de 1720, sobre la fundación y progreso de la Compañía de Guardias Marinas». Otra copia en AMN, Ms. 580. (31)  MORALES MOYA, pp. 122-123. (32)  ANDúJAR CASTILLO, p. 680. (33)  Real cédula de 7 de noviembre de 1704. Domínguez Ortiz sostiene que esta norma contiene en germen las ideas básicas que presidieron la organización del ejército borbónico, como que la nobleza debía ser el nervio de la milicia y el servicio militar obligatorio, en DOMÍNGUEZ ORTIZ, p. 78. (34)  AMN, Ms. 1181, ff. 67-68. (35)  ARELLANO, p. 46. 18 REVISTA DE HISTORIA NAVAL Núm. 139


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