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Sargento Ana María de Soto y Alhama Una mujer entre las tropas de Marina del siglo XVIII A lo largo de la Historia se han documentado varios casos de mujeres alistadas de incógnito como soldados varones en los ejércitos o en las armadas de ciertos países, entre ellos el nuestro, y cuyo comportamiento en combate fue distinguido. Ello hace suponer que, aunque poco corriente, puede que no fuera tan excepcional que mujeres vestidas de soldados se integraran en las unidades de tropas o en dotaciones de buques, luchando en su momento con disciplina, coraje y abnegación. De esta opinión es Cesáreo Fernández Duro cuando relata la historia de Ana María de Soto. Sin ir tan lejos, se distinguieron en España Catalina de Erauso, la famosa «monja alférez», o nuestras heroínas María Pita en el siglo XVI y Agustina de Aragón en el XIX, y las mujeres que actuaron valientemente en Madrid o en la defensa de las plazas de Gerona y Zaragoza contra Napoleón. Y hay más casos. Incluso hay un precedente conocido entre las tropas de mar o de marina: el de María La Bailaora, del tercio de Lope de Figueroa —el tercio de armada, no lo olvidemos— que estuvo embarcada de incógnito, y con ropas de varón, como arcabucero en una de las compañías de infantería española que guarnecían la galera real, batiéndose con notorio valor en Lepanto delante del mismísimo Don Juan de Austria. Descubierta durante el combate que era mujer, Don Juan la licenció, premiándola por su valor con una plaza de por vida en su tercio, con sueldo de arcabucero. Pero hablemos de Ana María de Soto y Alhama, cuya singular historia fue encontrada rebuscando documentos y hecha pública por el coronel de Infantería de Marina Félix Salomón, en 1898. Ana María era natural de Aguilar de la Frontera (obispado de Córdoba), nacida el 16 de agosto en 1775, según consta en el registro parroquial de bautizos de Santa María del Socarreño, e hija de Tomás de Soto, de Montilla, y de Gertrudis de Alhama, de Aguilar, de pelo castaño y ojos pardos, que se fue de su casa sin conocimiento de sus padres con casi 18 años por el deseo romántico —dicen— de vestir el uniforme del Cuerpo de Batallones, ver mundo y vivir aventuras. Iba disfrazada de hombre y el 26 de junio de 1793, sentó plaza de soldado —falseando la edad, que dijo ser de 16 años por ser su rostro barbilampiño y no querer delatarse—, en la 6ª Cía del 11º Batallón de Marina, como Antonio María de Soto, firmando por seis años de servicio. Después de superar el duro período de instrucción, el 4 de enero de 1794 embarcó en la fragata Mercedes, de 34 cañones y a la sazón al mando del capitán de fragata Juan Varés, la misma nave que resultaría hundida en un enfrentamiento contra cuatro poderosas fragatas inglesas diez años más tarde, en 1804, cuando éstas, sin previa declaración de guerra, la interceptaron a su regreso de América junto a otras tres fragatas españolas con las que navegaba en conserva, transportando caudales, personal civil y valiosas mercancías. Con ocasión de la guerra contra la Convención francesa, en 1794, a bordo de esta fragata Antonio de Soto participó con la h i s t o r i a Coronel (R) Luis Solá Bartina Imagen cedida por la Cátedra de Historia Naval. 60 Revista Española de Defensa Marzo 2018


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