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Revista de Aeronáutica y Astronáutica 875

Nuestro sistema planetario está lleno de pequeños cuerpos asteroidales. La mayoría se agrupan en dos regiones: una corresponde al cinturón principal de asteroides situado entre Marte y Júpiter, y la otra al cinturón de Kuiper, más allá de Neptuno. Se trata de poblaciones no siempre bien caracterizadas y compuestas por un gran número de integrantes, algunos de los cuales podrían proporcionarnos importantes sorpresas. Pero además de estas dos poblaciones también existen asteroides que evolucionan alrededor de nuestra estrella en trayectorias muy distintas que posiblemente proceden de estos mismos grupos, y que fueron perturbados por la gravedad de los planetas, modificando sus trayectorias debido a antiguos encuentros. Los hay, en efecto, que se acercan mucho a la Tierra, y otros que se mueven en rutas mucho más caóticas. Su naturaleza general es variada, y pueden ser rocosos, constituyendo quizá fragmentos de cuerpos mayores, o metálicos, e incluso adoptar formas de conglomerados de hielo de agua y polvo. Se cree que estos últimos están relacionados con la población primigenia que se formó alrededor del Sol y que poco a poco se fue incorporando a los futuros planetas, aportando masa y materiales. Existen aún, ciertamente, muchos asteroides primitivos de esta clase que contienen el material original del que surgieron el resto de cuerpos del sistema solar. Su interés es grande para los científicos que tratan de descifrar cómo se crearon este último y la propia Tierra, dado que en nuestro planeta son escasos los rastros de rocas tan antiguas, siendo inencontrables aquellas con una edad equiparable a la del propio sistema solar. Los procesos geológicos terrestres han reciclado desde hace mucho, una y otra vez, los componentes superficiales de la Tierra, modificándolos y apartándolos de su origen físico. Por suerte, durante los últimos miles de millones de años la dinámica del sistema solar ha permitido que algunos de estos restos primigenios, en la forma de asteroides muy antiguos, se hayan visto influidos por la gravedad de los grandes planetas. Sobre todo Júpiter, pero también Saturno o Urano han sido responsables de que algunos objetos de esta clase hayan acabado en posiciones particulares, donde esperan ser investigados. Como ocurre con la Tierra o la Luna, existen ciertos puntos de equilibrio gravitatorio junto a los astros: los llamamos puntos de Lagrange o de libración. Son zonas en las que la gravedad del astro principal y la del Sol se ven equilibradas, de forma que es posible situar a un objeto orbitando a su alrededor o hallar una estabilidad que de otra manera no sería posible. Las agencias espaciales han colocado sondas de exploración alrededor de ciertos puntos de Lagrange de la Tierra, pero nada impide que cuerpos como los asteroides acaben en ellos gracias a mecanismos de interacción de carácter natural, como las perturbaciones gravitatorias durante sobrevuelos demasiado cercanos. 560 REVISTA DE AERONÁUTICA Y ASTRONÁUTICA / Julio-Agosto 2018


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