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dossier militar, decidieron asociarse para acometer lo que entonces se consideró el proyecto más ambicioso, complejo y costoso de la industria europea de defensa. El objeto fue desarrollar el avión de combate europeo más avanzado hasta el momento, el Eurofighter EF-2000. Esta iniciativa permitió reducir la brecha tecnológica Striker II con visión de 360 grados. (Imagen: Adrián Zapico Estaban) con su socio trasatlántico y posicionar en el mercado una aeronave de combate de cuarta generación «plus» con envidiables características y, lo que es más importante, con una enorme capacidad de crecimiento. A pesar de su complejidad y a veces exasperante lentitud, este programa ha puesto de manifiesto algo notoriamente conocido, pero que no siempre es fácil de lograr (principalmente por falta de convergencia en los intereses de las naciones), que una Europa unida es mucho más fuerte. Algo más de treinta años después, Europa se encuentra en una encrucijada similar. No solo los Estados Unidos, sino también Rusia y China disponen o están en de que entren en servicio de aeronaves de combate de quinta generación, mientras, que hasta la presentación de estas iniciativas, en Europa no se ha lanzado ningún proyecto para el desarrollo y puesta en servicio de un avión de combate de última generación. Esta situación ha provocado que de manera progresiva, naciones que están afrontando la renovación de ciertas flotas de aviones de combate como Reino Unido, Italia, Noruega, Países Bajos o Dinamarca hayan tenido que acudir a otros mercados al ni siquiera disponer de una alternativa de obtención europea. La consecuencia más grave vuelve a ser la misma, y es que la brecha tecnológica con los Estados Unidos ha vuelto a crecer de manera preocupante. Para entender las causas del problema hay que tener en cuenta que el proceso de adquisición o renovación de capacidades de combate aéreo requiere un planeamiento con mucha antelación. Dos son los factores principales: en primer lugar, y aunque existen otras variables a tener en cuenta, la vida media de una aeronave de combate suele ser de unos treinta años. En segundo lugar, siempre que no haya una solución ya disponible en el mercado, la experiencia muestra que desde que se inicia un programa de obtención de nuevas capacidades, con unos requisitos muy exigentes (que implique el desarrollo de nuevas tecnologías), hasta su entrada en servicio se requieren entre 15 y 20 años. Por lo anteriormente expuesto, con carácter general y a riesgo de ser demasiado simplista, ya que existen otras opciones (como la extensión de vida y modernización), cuando un sistema de armas alcanza la mitad de su ciclo de vida se tiene que iniciar el planeamiento para su sustitución. Insisto, siempre y cuando no exista una solución ya disponible en el mercado, opción que acorta notablemente estos plazos. A primera vista parecería claro que la solución europea debería haber pasado por reeditar el éxito alcanzado con el Eurofighter e impulsar un nuevo proyecto con los mismos socios, pero la actual coyuntura político-económica en Maqueta de un futuro caza de sexta generación presentada por BAE System 858 REVISTA DE AERONÁUTICA Y ASTRONÁUTICA / Noviembre 2018


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