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La luz de la estrella se reduce ligeramente cuando un planeta pasa delante de ella. (Imagen: NASA Ames) Guidance System (FGS) (con tres canales fotométricos en el visible y el infrarrojo cercano, dos de los cuales se emplearán también como sensores de guía, y un espectrómetro de baja resolución en el infrarrojo cercano). La carga útil, incluyendo el telescopio y los instrumentos, será proporcionada por varios países participantes en el proyecto, como suele ser habitual en toda misión de carácter científico. Como se ha dicho, con este instrumental, los científicos esperan no solo detectar las atmósferas planetarias, sino también evaluar su composición y estructura. Entre las sustancias que podremos identificar está el metano, el vapor de agua y el dióxido de carbono. Todos ellos están relacionados, aunque no siempre, con la vida, por lo que será especialmente interesante discernir su presencia, cantidad y origen. Podrán, asimismo, medirse las abundancias de amoniaco, cianuro de hidrógeno y sulfuro de hidrógeno, componentes cruciales, aunque a menor escala, en un ámbito prebiótico o biótico. Además, podremos detectar otros compuestos más exóticos, como aquellos metálicos (óxido de titanio, óxido de vanadio y especies condensadas) que nos dirán mucho sobre la región en la que se formó originalmente el planeta estudiado, lo cual depende de la nebulosa protosolar que sirvió como punto de partida para el sistema estelar y planetario. El ARIEL será lo bastante sensible como para analizar la meteorología de algunas atmósferas, en particular las de aquellos planetas extrasolares lo bastante próximos, en las que podremos llegar a detectar formaciones nubosas y la evolución climática del objeto a lo largo de los días, todo ello en base a pequeñísimas variaciones en la fotometría. Observando las nubes, su temperatura y su abundancia podemos obtener información sobre los cambios estacionales. Por otro lado, se intentará identificar qué procesos de termoquímica, fotoquímica, etc., estarán interviniendo, y que pueden influir en la disponibilidad de ingredientes apropiados para la aparición de vida. Los estudios medirán el albedo de los planetas (la cantidad de luz reflejada por sus atmósferas de regreso al espacio) y la relación o balance entre la energía recibida desde la estrella y la emitida hacia el exterior. Además, se trabajará sobre posibles modelos de evolución planetaria en busca de pistas que señalen posibilidades de migración primitiva (los planetas a veces se forman a una distancia determinada de su estrella, pero acaban trasladándose hacia órbitas más lejanas o más próximas debido a la propia dinámica de los sistemas planetarios y a influencias exteriores). Esta evolución también puede traducirse en la presencia de atmósferas secundarias. DE CAMINO HASTA EL LANZAMIENTO Las misiones astrofísicas de la ESA tienen una gran complejidad y su desarrollo necesita de varios años de trabajos previos. De hecho, ARIEL compitió previamente con otros dos candidatos para convertirse en la cuarta misión de clase intermedia de la agencia. Sus contrincantes fueron, en concreto, el llamado Thor (Turbulence Heating ObserveR) y el Xipe (x-ray Imaging Polarimetry Explorer). Una vez seleccionada, ARIEL aún deberá pasar por varias etapas preliminares antes de recibir la luz verde definitiva para el inicio de su construcción. Si la tecnología necesaria para ella presentara dudas, podría posponerse indefinidamente e incluso cancelarse. Se espera que estos trabajos preliminares concluyan en 2020, cuando los expertos de la ESA recomendarán o no su definitiva adopción. Si todo va bien, como es de esperar, deberá seleccionarse un contratista industrial principal y los equipos ARIEL será colocada alrededor del punto de libración L2. (Imagen: ESA/IAC) REVISTA DE AERONÁUTICA Y ASTRONÁUTICA / Noviembre 2018 867


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