965 Memorias de Äfrica

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Memorias de África La furgoneta llega a la hora prevista, subo y saludo al conductor: bonjour. La mitad de mi repertorio en francés. Me acomodo y observo el mundo pasar desde la ventanilla. Se alternan chabolas y edificios modernos. Pantallas gigantes anunciando vehículos de lujo y carteles de papel desdibujados por el sol, el aire y la sal, modernos todoterreno y toyotas con más de veinticinco años reconvertidos en taxis todo en un batiburrillo caótico propio de una ciudad que carece de transporte público. Enfrente, el mar custodiado por una línea de cocoteros mecidos por una húmeda brisa que arranca desordenadas nubes del horizonte. En un semáforo se agolpan varios vendedores ambulantes que ofrecen artículos dispares: bañeras hinchables, correas de perro, juegos de parchís, José Gallo Rosales Teniente coronel del Ejército del Aire fundas de plástico para proteger el volante del coche… ¿Quién puede necesitar un collar de perro en un semáforo? No me lo puedo imaginar, pero supongo que la ley de la oferta y la demanda funciona igual en Wall Street que en un cruce de calles en Libreville. Continuamos el camino y pasamos frente a dos edificios en estado ruinoso, abandonados, donde la exuberante vegetación está ganando la batalla a la civilización. La basura se amontona contra la valla herrumbrosa, caída e inútil. Un cartel del Gobierno reza «Centro de Higiene Escolar»; en el segundo se lee Dirección General de Protección contra el SIDA. Lindando Ciudad de Libreville con las construcciones corre una alcantarilla en forma de negro arroyo que arrastra botellas y neumáticos que encallan en las riberas fangosas y fétidas, donde esperarán pacientes a las siguientes lluvias, a la próxima crecida, para avanzar en su camino hacia el estuario. Paseo marítimo de Libreville REVISTA DE AERONÁUTICA Y ASTRONÁUTICA / Diciembre 2018 965


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