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106 FERNANDO CALVO GONZÁLEZ-REGUERAL jón, mandado por el mariscal Haig y producto del esfuerzo organizativo reali-zado por Lord Kitchener, trató de romper el frente alemán mediante un ataque generalizado en el que participarían no menos de diecinueve divisiones (de Infantería, más tres de Caballería en reserva). La idea de maniobra de un “Big Push” que quebrara la moral teutona y abriera la ansiada brecha por la que se lanzaran en explotación del éxito cargas de caballería, éstas sí, a lo Tennyson, concluyó en un tremendo fracaso. Resultado: 60.000 bajas -un tercio de ellas, muertos- solo ese primer día de una batalla que se prolongaría por meses (nue-ve cruces Victoria –la más alta condecoración del Ejército británico, similar a nuestra Laureada- serían concedidas aquella jornada, premiando así el de-rroche de valor de los tommies)13. Las batallas de la Primera Guerra Mundial se han transformado en meros choques frontales basados en fríos cálculos sobre cuántas miles de bajas podían soportar –y producir- los ejércitos en liza para alcanzar ganacias territoriales medidas en kilómetros cuadrados, lejos de cualquier maniobra que recordara la alta forma del Arte Militar alcanzada en las campañas napoleónicas o de otras épocas pretéritas (por esas mismas fechas –de febrero a diciembre de 1916-, más de 370.000 franceses y casi la misma cifra de alemanes eran baja en el brutal choque de Verdún, el 70% de ellos por fuego de artillería. La de Verdún acaso sea la más monstruosa batalla de toda la historia bélica). Entre los caídos de aquel día figuraba Alexander Robertson, un escritor y profesor de Universidad escocés nacido en Edimburgo en 1882 que, a diferencia de los dos poetas anteriores, no dudó mucho en alis-tarse, sirviendo ya en septiembre de 1914 en el 12th York and Lancaster Regiment (‘Sheffield Pals’) -los Tigres de la India-, unidad con la que marcharía a Egipto en 1915 antes de entrar en línea en el frente del Som-me en junio de 1916. Formando parte de la primera fatítica oleada del día negro, tanto él como muchos de sus camaradas desaparecerían para siempre en algún lugar de la tierra de nadie cercana a Albertville. Sus restos nunca serían encontrados, figurando su nombre en el Thiepval Me-morial que recuerda la batalla hoy en día y donde yacen más de 70.000 soldados británicos y de la Commonwealth. Al igual que Rupert Brooke, Robertson era un poeta-soldado, to-davía no un soldado-poeta, por lo que su formación académica convierte a su obra en deudora de la tradición anterior a la guerra, menos conflic- 13  Para saber más de aquel fatídico 1º de julio es imprescindible consultar MIDDLEBROOK, Martin: The First Day on the Somme. Penguin, Londres, 1971, todo un clásico de la literatura militar en cualquier idioma y hermoso homenaje a los voluntarios británicos caídos en las orillas del río francés. También KEEGAN, John: El rostro de la batalla. Ejército, Madrid, 1990, citado en el texto y obra maestra en su género. Revista de Historia Militar, 124 (2018), pp. 106-128. ISSN: 0482-5748


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