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192 MARIANO CUESTA DOMINGO en la cartografía de fines del siglo XX, cien años después de la partida de los “últimos de Filipinas”. Observados los perfiles insulares de las islas y archipiélagos de re-ferencia, se percibe, efectivamente, que la cartografía de la región extremo oriental fue de manufactura torpe y premiosa en los territorios de escaso tránsito europeo. Es el caso de la isla de Célebes que se hallaba apartado de los derroteros habituales, de los vientos y corrientes idóneos que contribuye-ron a que su forma polilobulada quedara perfilada con mucha más tardanza que la isla de Gilolo, por ejemplo, que ofrece una configuración cartográfica bien lograda y con celeridad. Algo análogo sucede con la isla Hermosa o, en toponimia portuguesa que se ha impuesto, Formosa, inmediata a las costas continentales, que podía tener algún atractivo para españoles desde Filipinas y para portugueses, cuando asentaron sus reales en el continente. LOS MAPAS La cartografía, como lenguaje franco universal, impulsó la necesi-dad de extractar y esbozar lo que los informantes explicaban más o menos farragosamente, con frecuencia rodeado de un discurso misional. La nece-sidad forzó a dibujar rutas y territorios, generalmente de gran escala pero no faltaron los de escala más reducida; todos ellos con la imprescindible toponimia, algunos con orientación, frecuentemente con datos de paisaje y asentamientos humanos. De conformidad con la formación del realizador podía resultar una cartografía improvisada o, unos mapas elaborados, fruto de una experiencia anterior a su vida religiosa. No obstante todo parece confirmar las ideas presentadas en un princi-pio tanto en la formulación como en la justificación del perfeccionamiento de la imagen cartográfica de la región y de cada una de las unidades geo-gráficas mencionadas. La cartografía fue abundante, rica, incluso en una región tan alejado y compleja como Filipinas y su entorno, por más que estuviera en perfeccionamiento progresivo aunque no exenta de defectos; de conocimiento suficiente desde los comienzos, al final de su presencia en aquellas tierras lejanas los mapas eran minuciosos y con un apreciable grado resulta imprescindible como indicación localizadora, como punto de referencia. La necesidad devino en entusiasmo y la cantidad de exónimos hispánicos que aparece sobre los mapas filipinos (también sobre otros del océano Pacífico). CUESTA DOMINGO, M: “Imagen car-tográfica de Filipinas y su entorno; testimonio toponímico”. El lejano Oriente español: Fili-pinas (siglo XIX): 2-38. Ed. Deimos. Cátedra General Castaños. Sevilla, 2002.- MURILLO VELARDE, P: Geographia histórica. Madrid, 1752. (fig. 12). Revista de Historia Militar, 124 (2018), pp. 192-208. ISSN: 0482-5748


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