120 Kindelán

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Alfredo Kindelán Camp Desde su nacimiento en Barcelona, por esos caprichos del destino, en 1945, Alfredo Kindelán formaba parte de la gran familia de la aviación española. Su nombre estaba unido inexorablemente a nuestra historia, no en vano su abuelo, Alfredo Kindelán Duany, era la figura primordial de nuestra Aviación y de nuestro Ejército del Aire. Sin embargo el apellido nunca le marcó, ni para bien ni para mal. Escribir estas pequeña nota sobre Alfredo no es fácil. Vivía intensamente el día a día, quizá temiendo una despedida prematura, como ha sucedido. En los últimos años tuvimos el placer de gozar de su amistad, de sus charlas, de su gran conocimiento de la historia de la Aviación, sin aspavientos, sin alardes. Nos regaló su prosa fácil, bien construida, los últimos diez años de su vida en la sección Nuestro Museo, el suyo, el de todos. Cuando había agotado todos los temas, surgían otros, pero siempre con su buen hacer, con profesionalidad. Alfredo escribía bien, sin esfuerzo. Cuando estaba muy metido en el tema, se entregaba, como cuando fue nombrado uno de los comisarios de la Exposición sobre el Centenario de la Aviación Militar Española que se celebró en Granada en 2011. Se volcó totalmente en los trabajos de dicha Exposición, en la elaboración de los carteles, del libro del Centenario, mano a mano, implicado, con su particular naturalidad. Estaba ilusionado, con ganas de que todo saliera bien. La vida militar de Alfredo está marcada por unos cuantos destinos o mejor, por unos cuantos lugares. Badajoz y su Escuela de Reactores de Talavera la Real, donde pasó 12 años, formó parte para siempre de su vida. El T33 y sobre todo el F-5 o CE.9, aviones de los que fue profesor, dejaron estelas en su alma. Apenas unos meses antes de su fallecimiento ocupaba su tiempo en su finca pacense, sede familiar de los largos veranos, que intercalaba con alguna visita a Madrid. Madrid fue su ciudad. Allí siguió desarrollando su vida profesional, primero en el Mando de Material y más tarde, en varias ocasiones, en el Estado Mayor de la Defensa. Realizó cursos de Controlador Aéreo Avanzado (FAC), de Estado Mayor, de Cooperación Cívico Militar (NATO CIMIC) y Observadores para misiones de Paz, pero el destino que le marcó fue el Ala 54, que luego pasó a denominarse CLAEX, Centro de Experimentación del Ejército del Aire, que le permitió seguir volando, su auténtica pasión. Otro destino que dejó huella en su vida fue Bogotá. Nombrado agregado de Defensa, Militar, Naval y Aéreo en Colombia y en Ecuador, fijó su residencia en la capital colombiana. Desde entonces permaneció unido a esa tierra, a la que ha vuelto de vez en cuando y que se ha convertido en el hogar de algún miembro de su familia. Tras unos años en el Centro de Guerra Aérea como profesor, ya en la reserva, llegó al Museo de Aeronáutica y Astronáutica, donde permaneció los últimos cinco años de vida profesional, pero que no abandonaría, en su corazón, hasta su fallecimiento. Había hecho el curso de Dirección y Gestión de Museos Militares porque aunque Alfredo vivia a saltos, le gustaba prepararse para desarrollar su labor de forma concienzuda. Parecía que no pero le gustaba controlarlo todo. Fue habitualmente subdirector del Museo del Aire, pero en alguna ocasión ocupó su dirección de forma interina. Eso le permitió viajar, organizar exposiciones, participar en la vida diaria el Museo que le llenó totalmente. El SHYCEA entró de lleno en su vida. El Servicio Histórico y Cultural del Ejército del Aire le abrió la posibilidad de colaborar en la revista Aeroplano y sobre todo en la Revista Aeronáutica. Le tocó vivir los acontecinientos más importantes del Servicio Histórico: el 75 aniversario del Cuatro Vientos y el Centenario de la Aviación Española, por citar solo alguno de los más importantes, en los que participó de forma activa en cualquiera de las facetas donde fue requerido. Pero nosotros lo conocemos más que nada por su labor como colaborador fijo de la Revista de Aeronautica. Se comprometió y cumplió, aunque no era facil garantizar su continuidad, para llevar la responsabilidad de una sección fija: Nuestro Museo. Descubrimos con sorpresa que lo hacía bastante bien y no falló en los casi diez años en los que llevó a cabo esta labor, que solo una maldita enfermedad pudo apartar a Alfredo del cumplimiento del deber. Ahora ha añadido una hora más a las casi 3600 horas de vuelo que tenía en su haber. Una hora que lo ha fundido con ese cielo que tanto surcó, y que se lo ha quedado para siempre. n 120 REVISTA DE AERONÁUTICA Y ASTRONÁUTICA / Enero-Febrero 2019


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