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Revista de Historia Militar 118

LOS ALIADOS DE CORTÉS EN LA CONQUISTA DE MÉXICO 37 Con un potente ejército terrestre y marino, pues la suma de las canoas a la fuerza de los bergantines fue decisiva, con pólvora y ballestas de refresco, sólo restaba dar el golpe de gracia a una nación que había luchado más allá de lo imaginable. Pero, en un último y desesperado intento, Cuauhtémoc, tlatoani de Tenochtitlan, trató de desconcertar a las fuerzas enemigas. Llevó dos cabezas cortadas al real de Alvarado y al de Olid para hacer creer que había matado a Cortés y a Sandoval e hizo lo mismo en los otros campamentos, cambiando el nombre de los decapitados81. Mientras, logró hundir otro bergantín y siguió ofreciendo importantes ventajas fiscales a sus tributarios, además de mantener conversaciones con los tlaxcaltecas, apelando a su parentesco, que dudaban si seguir dando su apoyo a Cortés. Sin embargo, en este decisivo instante, Ixtlilxóchitl insistió en recrudecer el bloqueo a Tenochtitlan hasta que murieran en su interior82. Así, los que una vez se llamaron hermanos de los aztecas se sentaron a esperar su muerte, mientras llegaban nuevos refuerzos de Texcoco, Tlaxcala, Huexotzinco y Cholula cifrados en dos mil indígenas aliados y pólvora que, junto al ejército naval, decidieron el final de la contienda como narra en primera persona Cortés: teníamos ganado el agua; y como aquel día llevábamos más de ciento y cincuenta mil hombres de guerra, hízose mucha cosa83. El hecho de que Tenochtitlan fuera una isla le había reportado innumerables ventajas tácticas en el pasado; pero ahora la red fluvial jugaba en su contra y los españoles, con los bergantines y las miles de canoas, lograron cortar definitivamente los suministros que sólo podían llegar a la ciudad por el agua, sometiéndola a un implacable bloqueo, que los mexicas intentaban burlar durante la noche, pero dos bergantines patrullaban las veinticuatro horas y, finalmente, el 13 de agosto de 1521, tras setenta y cinco días de asedio, con más de ciento cincuenta mil aliados atacando por las calzadas y tres mil canoas por la laguna, Tenochtitlan exhaló su último aliento. Desfallecidos, sedientos, hambrientos, desarmados y enfermos, porque la viruela fue una gran aliada más silenciosa y letal, los aztecas fueron asaltados cruelmente por sus enemigos indígenas y como reconoce Hernán Cortés, en sus Cartas de Relación, él nada pudo hacer para evitarlo, aunque hubiera sido su intención, porque eran novecientos españoles en un ejército de más de ciento cincuenta mil aliados indígenas. Desde aquel momento 81 DÍAZ DEL CASTILLO, Bernal: op. cit., 2 vols., II, cap. CLII, pp. 80, 81 y 83. 82 Ibídem: Pp. 81, 84 y 85. 83 CORTÉS, Hernán: op. cit., tercera carta de relación, p. 177. Revista de Historia Militar, 118 (2015), pp. 37-42. ISSN: 0482-5748


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