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Revista de Historia Militar 118

94 RAFAEL GONZÁLEZ-MORO VELA La profesión militar exige el sacrificio de todo género de intereses y afecciones, exige el sacrificio de la vida, y el que con verdadera vocación abraza esta carrera se debe por entero a ella. Ni los cuidados de la familia, ni la educación de los hijos, ni el amor de la esposa deben separarle un momento del servicio del Ejército; y ya que, como decimos antes, no sea moral ni posible prohibir en absoluto el matrimonio de los militares, debe prohibirse en aquellos empleos en que mayores son esos inconvenientes y los del orden económico que trataremos después, sin que tal prohibición ofrezca serias desventajas de otro orden, porque la poca edad y experiencia de los Ofi ciales a quienes afecta, no es ciertamente una garantía para la felicidad conyugal. Hemos indicado de que la cuestión de que se trata tiene un aspecto económico que no es por cierto el menos interesante, y la adjunta Real orden le concede verdadera importancia. En España, es evidente que en general existe una alarmante desproporción entre los recursos con que cuentan para vivir todas las clases sociales y las necesidades que la vida moderna ha ido creando y que no es posible satisfacer buenamente; esta desproporción es mayor en la llamada clase media, por la mayor propensión que tiene a salirse de su esfera; y en esa clase se marca todavía más la desproporción apuntada en las familias que viven de un sueldo fijo, llegando a un verdadero extremo en los militares, porque el decoro de la clase y el brillo del uniforme exigen imperiosamente grandes dispendios, obligándoles a vivir entre ricos y como ricos, siendo realmente, en lo económico modestos obreros con levita. Si esta apreciaciones pareciesen a alguien exageradas, bastaría para persuadirle de la triste realidad penetrar en la vida íntima de la digna Oficialidad de nuestro Ejército, que en general tiene grandes virtudes, elevados sentimientos de honor y sin embargo no siempre puede vivir con el debido decoro, devora en su hogar grandes amarguras producidas por la escasez de recursos; y necesita un valor verdaderamente heroico para conservarse sin mancha, porque cuando la miseria entra por la puerta de una casa hay gravísimo peligro de que la dignidad salga por la ventana. No puede exigirse a todos los hombres que sean héroes; ni aún la Iglesia con toda su austeridad, nos exige que seamos santos; se satisface con que seamos justos. Por eso siendo la oficialidad del Ejército uno de los organismos más sanos de nuestra sociedad, lleva en su entrañas el cáncer de la usura, y con dolorosa frecuencia llegan a este alto Tribunal ecos de grandes Revista de Historia Militar, 118 (2015), pp. 94-110. ISSN: 0482-5748


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