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108 CARLOS JOSÉ HERNANDO SÁNCHEZ zalo, serían los principales impulsores de la resistencia de éste a aceptar la restitución de los patrimonios feudales encautados al final de la guerra a los barones que habían combatido por Luis XII de Francia. Este era uno de los principales capítulos estipulados en el tratado de Blois que en 1505 selló la alianza –para muchos contra natura- entre Fernando el Católico y su hasta entonces acérrimo adversario francés, con el consiguiente matrimonio del Rey Católico con Germana de Foix. Incluso entre los nobles que habían apoyado a Gonzalo en la conquista surgieron descontentos que denunciaron a Fernando su presunta marginación en el reparto de gracias –del mismo modo que hicieron también algunos de sus capitanes españoles226-, como el propio virrey comunicó al soberano a finales de 1505, asociando al angevino príncipe de Salerno con el hasta entonces leal Fabrizio Colonna como los autores de una trama para desacreditarlo y minar su autoridad227. Las tensiones desatadas por el reparto de los beneficios y el creciente recelo del monarca, favorecido por las protestas de los descontentos, lleva-rían a Fernando a pedir reiteradamente el regreso de Gonzalo a España, para rebatir “las lenguas y perjuicios que cuantos escribían o venían de Italia po-nían de él”, lo que, a su vez, obligó al Gran Capitán a justificar su liberalidad en el reparto de mercedes como un medio de asegurar la lealtad al rey. Para ello puso como ejemplo el caso de Diego de Mendoza –el más favorecido entre los capitanes españoles-, del que declaró que había impedido que pa-sara al servicio de Felipe el Hermoso pues “me parece que es menor pérdida 1000 ducados que don Diego…”. Aunque éste último sostenía, al parecer, una opinión contraria a la de Gonzalo sobre la conveniencia de que se en-tregaran a los oficiales españoles plazas del reino para mantenerse a costa de las poblaciones, la conservación de su lealtad podía constituir un sólido argumento ante el Rey Católico. El enfrentamiento con Felipe el Hermoso se proyectaba ya abiertamente en Italia, hasta el punto de que cuando Felipe envió a uno de sus agentes castellanos, el arcediano de Valpuesta, Antonio de Acuña, como emisario ante el papa Julio II, Fernando ordenó a su virrey que tratase de arrestarlo. Gonzalo envió en secreto quince hombres a Roma que, según se excusó con el monarca, no lograron prenderlo228. 226 Es el caso, por ejemplo, de Hernando de Alarcón, que en las décadas siguientes llegaría a ser una de las principales figuras militares del reino, donde se estableció como un noble más y que protestó ante el Rey Católico por haber dado Gonzalo a otro de sus capitanes, Pizarro, un oficio en Calabria que él reclamaba, entre otros agravios: IVDJ, Envío 2, carp. 23. 227 En la misma carta Gonzalo se refería a los impuestos recaudados en la Aduana de Nápo-les, que entregaba al Tesorero del reino para atajar las críticas vertidas contra su supuesta malversación de fondos de la Corona. Nápoles, 28 de noviembre de 1505, Torres, Luis y Pascual, Ricardo (eds.), “Cartas y documentos relativos al Gran Capitán”, pp. 39-40. 228 IVDJ, Envío 3. Revista de Historia Militar, II extraordinario de 2015, pp. 45-114. ISSN: 0482-5748


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