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RHM_extra3_2015_500 años Gran Capitán

134 JOSÉ MANUEL MOLLÁ AYUSO En el centro y algo retrasados los 7.000 infantes suizos y gascones. A la izquierda y más retrasada la caballería ligera de D´Alegre. Las 26 piezas de artillería, una vez asentadas abren fuego, aunque con no mucha eficacia por lo elevado de la posición defensiva. Si en este momento recabáramos la opinión de expertos, estoy seguro que la opinión sería unánime: la derrota francesa era un hecho. Con un equilibrio de fuerzas, 7.500 hombres por bando que favorece a los que se defienden, la batalla se va a iniciar con una masa de “carros”, sin capacidad de fuego, que se lanza contra un campo de minas contra carro, detrás del que hay un foso antitanque, estando ambos obstáculos batidos por un potente fuego. Aclaro, que al equiparar carros con aquellas masas de acero sigo la opinión del pre-cursor de la guerra de blindados, el británico mayor general Fuller. Siguiendo el protocolo medieval, suenan las cornetas para que aquellos bravos jinetes inicien el ataque al paso, con las lanzas aún en el estribo, para sucesivamente pasar al trote y al galope ya lanzas en ristre. La excitación de la carga, el polvo levantado, el jadeo de los caballos y el ruido del golpeo de sus cascos, entre explosiones artilleras…eran las sensaciones precursoras de la violencia en el choque… que no se produce. Los disparos de las bombar-das, más los obstáculos hacen que los caballos enredados o heridos vayan cayendo, según se acercan a los fatídicos 30 metros, ya al alcance eficaz de los arcabuceros, que por filas completas y ordenadas, hacen imposible el pa-sar el foso, lo que obliga a los caballeros, en busca de un acceso a la posición enemiga, a un desfile en paralelo al frente que supone el holocausto final, siendo el propio duque de Nemours alcanzado en tres ocasiones y muerto. En medio del declinar del sol, aparecieron entonces, al redoble de sus broncos tambores, los 7.000 piqueros suizos y gascones en ordenadas filas de 100 hombres. Aquel inmenso cuadro de extraordinarios movimientos in-ternos, a pesar de las numerosas bajas que se habían producido en sus filas de vanguardia, donde formaban habitualmente los más veteranos y mejor pertrechados soldados, superaron el terraplén donde chocaron con los lans-quenetes, tan parecidos a ellos, pero que en posición dominante y desde luego más descansados, pudieron detener el violento empuje. Era el momento esperado por el Gran Capitán, soldado del medievo que quiere participar en la lucha con sus hombres, sin medir lo que su falta pueda suponer, pero valorando también lo que su ejemplo es para sus hombres. Lan-zado él mismo contra los franceses, ordenó el repliegue de los arcabuceros y que sus tropas le siguiesen colina abajo. Una capitanía de infantes enrodelados penetró por debajo de las picas de los suizos comenzando una metódica y san-grienta matanza, a la que se unió García de Paredes con otros 1.500 peones que deshicieron, por el otro flanco, a los bravos helvéticos aferrados a sus pendones. Revista de Historia Militar, II extraordinario de 2015, pp. 115-142. ISSN: 0482-5748


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