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RHM_extra3_2015_500 años Gran Capitán

38 ANTONIO CABEZA RODRÍGUEZ me a las cifras ofrecidas por Ladero Quesada81, 300 millones de maravedíes se obtuvieron de la Hermandad, que aceptó entre 1482 y 1491el reparto de contribuciones extraordinarias, lo que permitió prescindir de la convoca-toria de Cortes. En una sociedad en la que primaban los ideales cristianos, la predicación de la bula Cruzada en los diez años que duró la guerra pro-porcionó en el conjunto de Castilla, Aragón y Navarra otros 650 millones. A estas cantidades se añadieron 160 millones de maravedíes obtenidos de las rentas eclesiásticas por medio de subsidios. La contabilidad de la época no alcanza a determinar con un mínimo de precisión otros ingresos por el producto del botín, cautivos y el veinte por ciento de lo capturado a lo largo de las campañas por el derecho del quinto real. Tampoco se puede hacer es-timación de todos los trabajos y materiales empleados durante la guerra por los nobles y los municipios, fundamentalmente de Andalucía. De lo que no hay duda es de que la economía castellana demostró ser capaz de hacer fren-te al esfuerzo exigido (en ducados, se calcula que el costo global de la guerra fue de veinticinco millones)82, permitiendo mantener movilizado y comba-tiendo al ejército durante más tiempo, incluso superando los ocho meses en la campaña de 1491, algo insólito en los campos de batalla europeos83. Se ha ponderado la tenacidad de los Reyes Católicos para resolver las dificultades que planteaba una empresa de esta magnitud, irrenunciable para Isabel I por interesar al conjunto de los reinos y tratarse de una materia que afectaba a la fe. La destacada fuerza militar granadina y su estilo de com-bate irregular, adaptado a las dificultades del terreno, obligaban a organizar, como nunca antes, grandes operaciones de decenas de miles de caballeros e infantes, lo que resultaba difícil sólo con las antiguas estrategias medie-vales. Al no contar con una estructura permanente, el ejército se formó con las huestes señoriales de caballeros y peones, las milicias concejiles (sobre todo de las ciudades andaluzas), las tropas de las Órdenes Militares (las de Santiago y Calatrava fueron las primeras en recibir la orden de acudir al frente)84, a las que se sumaron las tropas reales, es decir, las Guardas Reales de Castilla que escoltaban al monarca, las capitanías de la Hermandad y los hombres de armas, en torno a 1.500 que formaban las tropas de acostamien-to (vasallos del rey dispuestos en cualquier tiempo a acudir a su llamada). En opinión de R. Quatrefages, se necesitaba “un impulso por parte de los 81 Ibídem. 82 Martínez Ruiz, Enrique: “El Gran Capitán y los inicios de la “Revolución militar” española”, en Córdoba, el Gran Capitán y su Época, op. cit., p. 164. 83 Ibídem, pp. 302 y 304. 84 Suárez Fernández, Luis: Las Órdenes Militares y la Guerra de Granada, Fundación Sevillana de Electricidad, Sevilla, 1992, p. 24. Revista de Historia Militar, II extraordinario de 2015, pp. 13-44. ISSN: 0482-5748


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