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64 CARLOS JOSÉ HERNANDO SÁNCHEZ dos partes del antiguo reino normando tras las Vísperas Sicilianas en 128261. Al recurrir a las denominaciones territoriales del Imperio Romano Alfonso V reconocía las diferencias entre el reino insular –desde 1409 reintegrado a la rama principal de la dinastía aragonesa- y el reino de Nápoles, convertido en uno de los ejes de la política italiana. En ese escenario el monarca arago-nés desarrolló las pretensiones de sus predecesores angevinos para alcanzar la primacía sobre los demás estados peninsulares, formalmente sometidos a la soberanía imperial o, como en el caso napolitano, pontificia. El clasicismo de la inscripción de Castel Nuovo expresaba el mensaje legitimador cultivado en el entorno de un rey que optó por convertir Nápoles en la sede estable de su corte62. La fascinación por las letras italianas llevó también al Magnánimo a encargar la historia de su linaje y su reinado a algunos de los principales humanistas, como el siciliano Antonio Beccadelli, conocido como Panormi-ta. Una de sus obras, De dictis et factis Aphonsi regis Aragonum, alcanzaría enorme difusión hasta el siglo XVI y sería traducida al catalán entre 1481 y 1496 por el valenciano Jordi de Centelles, maestro de capilla y consejero de Fernando el Católico, cuyo prólogo interpretaba aquella pionera conquista de Nápoles como un triunfo de las armas y la fama de toda España63. El escenario de la expansión impulsada por Alfonso V de Aragón y con-tinuada por los Reyes Católicos era esencialmente mediterráneo y tenía a Sicilia como eje. Se trataba de un espacio de fronteras fluctuantes, de un mar bien conocido pero mucho más peligroso que el espacio abierto del Océano aún por explorar. Su red de costas y rutas, minuciosamente trazadas en los portulanos catalanes y mallorquines, empezaba a verse amenazada por el avance del poder turco en Oriente. Los piratas, corsarios y espías que lo surcaban formaban parte del mismo horizonte político que hacía del cono-cimiento la primera arma de la técnica militar en transformación, como de-mostraron los propios otomanos –pese a carecer aún de la potencia marítima que alcanzarían décadas más tarde- al enviar expediciones para trazar mapas exactos de las costas occidentales del por ellos llamado Mar Español64. El 61 El sector continental conservaría la denominación oficial que remitía a sus orígenes sicilia-nos, a pesar de la difusión cancilleresca desde mediados del siglo XIV del término vulgariza-do de reino de Nápoles. Vid. Galasso, Giuseppe, Il Regno di Napoli. Il Mezzogiorno angioino e ragonese (1266-1494), UTET, Turín, 1992, pp. 1-12. 62 Vid. Ryder, Alan, El Reino de Nápoles en la época de Alfonso el Magnánimo, Institución Alfonso el Magnánimo, Valencia, 1987 (1ª ed. en inglés, Oxford, 1976) y Alfonso el Mag-nánimo, rey de Aragón, Nápoles y Sicilia (1396-1458), Institución Alfonso el Magnánimo, Valencia, 1992 (1ª ed. en inglés, Oxford, 1990). 63 Beccadelli, Il Panormita, Antonio, Dels fets e dits del gran rey Alfonso. Versió catalana del segle XV de Jordi de Centelles (ed. de E. Durán), Ed. Barcino, Barcelona, 1990. 64 Vid. De Bunes Ibarra, Miguel Ángel, “El avance otomano en el Mediterráneo: Granada, Isa-bel la Católica y los turcos”, en Los Reyes Católicos y Granada (Catálogo de la exposición Revista de Historia Militar, II extraordinario de 2015, pp. 45-114. ISSN: 0482-5748


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