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80 CARLOS JOSÉ HERNANDO SÁNCHEZ rapidez desde Sicilia128, y a los recursos facilitados por el virrey de la isla para socorrer el territorio napolitano, la movilización de una armada de más de veinte naves, enviada desde Laredo al mando de Francisco Enríquez, hijo del Almirante de Castilla y pariente próximo del rey, supuso la prime-ra incursión militar castellana en el ámbito italiano. Aunque la expedición llegó a Nápoles en octubre de 1481, cuando la ciudad adriática había sido ya liberada, y los cañones fundidos en las herrerías vascas no pudieron en-trar en acción, ese ingente esfuerzo económico, técnico y militar reflejó el interés del monarca aragonés por la Italia continental y su conciencia de la necesidad de utilizar en ese ámbito los superiores recursos materiales y hu-manos de Castilla129. Serían éstos mismos los que, siempre bajo la cobertura de la cruzada, impulsarían a Fernando a anteponer a otras acciones bélicas la guerra de Granada, como gran empresa colectiva de la naciente unión de coronas. Las prioridades castellanas no anularían, sin embargo, la creciente preocupación por la defensa siciliana. De hecho, el monarca se dirigió a la Cortes catalanas en esa ocasión para apelar a los derechos e intereses que li-gaban el amenazado reino de Nápoles con Sicilia y los otros territorios de la Corona de Aragón130. Esa concepción abarcaba desde la recuperación de los condados pirenaicos hasta la defensa del reino propio de Sicilia y del cada vez menos independiente reino napolitano, plasmada en una gran acción na-val en la que las flotas de Aragón y Castilla actuaron pero coordinadamente, tal y como sucedería varios lustros después frente a la amenaza, no ya del infiel, sino del Rey Cristianísimo. La crisis de Otranto, que conmocionó las conciencias europeas desatando la oleada más notable de difusión cruzada tras la caída de Constantinopla131, fue también una llamada de atención para las otras potencias musulmanas. El sultán mameluco de Egipto empezó a vencer los recelos a cualquier entendi-miento con Fernando, considerado el principal monarca cristiano del Medite-rráneo, para contener a su común adversario. Aunque en 1480 Joan Margarit fracasó en su misión diplomática a Venecia, al negarse ésta a romper la tregua acordada un año antes con los turcos, esa coyuntura marcó el inicio de una intensa búsqueda de acuerdo con las repúblicas marítimas italianas que des- 128 Vid. Conte, Gaetano, “Una flotta siciliana ad Otranto (1480)”, en Archivio Storico Pugliese, año LXVII, 2014, pp. 121-142. 129 Vid. Suárez Fernández, Luis, Política internacional de Isabel la Católica. Estudio y do-cumentos, t. I, Instituto Isabel la Católica, Valladolid, 1965, pp. 252-255 e ID., “Política mediterránea”, p. 202. 130 Albert, Riccard y Gassiot, Joan (eds.), Parlaments a les Corts catalanes, Barcino, Barcelona, 1928, pp. 221-223. 131 Vid. Fonseca, Cosimo Damiano (ed.), Otranto 1480: tra mito storiografico e realtà storica, Congedo Editore, Lecce, 1986, 2 vol.. Revista de Historia Militar, II extraordinario de 2015, pp. 45-114. ISSN: 0482-5748


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