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RHM_extra3_2015_500 años Gran Capitán

EL SOLDADO POLÍTICO: EL GRAN CAPITÁN Y LA ITALIA DE LOS ... 95 Nápoles y de las tropas españolas, pero no pudieron impedir que el monarca galo y la mayor parte de sus efectivos cruzaran intactos los Alpes185. La lección política de Fornovo parecía clara: la división de los estados italianos paralizaba su iniciativa militar y ni siquiera la coyuntural suma de sus fuerzas bajo los mejores generales podía superar esa fragmentación de intereses y alcanzar más victorias que la de apoderarse de la mayor parte del cuantioso botín de guerra que los franceses llevaban consigo desde Nápoles. En el gran reino meridional la situación era distinta por la presencia del ejér-cito español, contraparte del francés, aunque de composición y táctica muy distintas a las de éste. En realidad, el cometido de quien pronto fue aclamado como el Gran Capitán desbordaba el ámbito puramente bélico. Para vencer fue necesario recomponer las lealtades hacia la Casa de Aragón, negociar con las elites feudales y urbanas e instaurar en gran parte de la población un ánimo propicio hacia quienes se presentaban como libertadores de los excesos de las tropas francesas y restauradores del orden alterado. En esa empresa los hombres –infantes, jinetes y oficiales-, así como los recursos técnicos y económicos, eran predominantemente castellanos, en tanto que los efectivos aportados por la Corona de Aragón se concentraban en la flo-ta de apoyo que debía vigilar las costas napolitanas, al mando de expertos marinos como Bernat Villamarí, así como en el reforzamiento de Sicilia, convertida en gran base operaciones y donde no dejarían de surgir disputas jurisdiccionales entre el general castellano y el aragonés Juan de Lanuza, virrey de la isla. Los recursos de Castilla servían a un designio aragonés que era ya de toda la Monarquía, pero su instrumento principal, el protagonista de la gue-rra, era un segundón ávido de gloria. Las victorias del Gran Capitán en 1495 y 1496 reforzaron la influencia de los Reyes Católicos sobre la rama local de la casa de Aragón tanto como la del propio Gonzalo, según reconocería su último monarca napolitano, Federico –sucesor de su sobrino Ferrante II tras la prematura muerte de éste en 1496-, en las instrucciones entregadas al general español en julio de 1498, donde depositaba su confianza en su capacidad política y militar186. El eco de los triunfos hizo posible también que su artífice indiscutible centrara en Italia unas crecientes expectativas políticas. Gonzalo se convirtió en un barón napolitano gracias a los títulos feudales concedidos por el rey Federico en 1497 y 1498, un conjunto de 185 Vid. Cicinelli, Aldo, La battaglia del Taro, Casa del Mantegna, Ed. Bottazzi, Mantua, 1996; Ghirardini, Lionello, Fornovo 1495: una battaglia da ricordare o da dimenticare?, Tip. Benedettina, Parma, 1997 y Nicolle, David , Fornovo 1495: la sanguinosa ritirata francese, Ed. Osprey, Oxford, 1999. 186 ZAB, carp. 26-13. Cfr. SNSP, ms. XXII-D7, f. 167. Revista de Historia Militar, II extraordinario de 2015, pp. 45-114. ISSN: 0482-5748


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