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REVISTA HISTORIA MILITAR EXTRA CERVANTES

114 Mª ÁNGELES VARELA OLEA ni esperan ver los venideros. Si mis heridas no resplandecen en los ojos de quien las mira, son estimadas a lo menos en la estimación de los que saben dónde se cobraron: que el soldado más bien parece muerto en la batalla que libre en la fuga, y es esto en mí de manera, que si ahora me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme hallado en aquella facción prodigiosa que sano ahora de mis heridas sin haberme hallado en ella. Las que el soldado muestra en el rostro y en los pechos, estrellas son que guían a los demás al cielo de la honra, y al de desear la justa alabanza; y hace de advertir que no se escribe con las canas, sino con el entendimiento, el cual suele mejorarse con los años». (Quijote II, Prólogo). Aún en 1614, Cervantes sigue siendo para los demás un viejo soldado cargado de cicatrices. La respuesta del escritor al apócrifo continuador de su novela es una embestida de poesía y, como sucede con la poesía, no todo aquel que la ve puede leerla: sus heridas son galardones para quienes gozan de un sano entendimiento, muestra de valor de las que estar orgulloso, por el lance en que se ocasionaron, y por haberlas sufrido participando en las hazañas de tan prodigiosa facción como el Ejército español. Lo justo sería alabar las cicatrices del pecho y rostro del soldado puesto que son clara señal del comportamiento con que también los demás pueden alcanzar el cielo de la honra. Lo cual, además de una hermosa declaración de amor al pasado y al Ejército español, es una indicación de la falta de inteligencia, valor, jus-ticia y honra del tal «Avellaneda» y de cuantos nieguen la gloria de quienes se entregaron tanto. Esta generación de poetas-soldados anteriores a Cervantes perfiló el modelo vital a quien el escritor alcalaíno quería remedar en su juventud. Cervantes se referirá a ellos en obras como La Galatea o El viaje al Par-naso: el famoso Garcilaso, el celebrado Aldana o el inspirado Fernando de Acuña en la primera, y Garcilaso, Figueroa y el capitán Aldana en la se-gunda, además de Boscán, Castillejo, Naharro y Herrera. Que el modelo de poeta renacentista y soldado español se convierte en su ideal vital, lo subrayan las relaciones de amistad con quienes coincidió, como Francisco de Figueroa, alcalaíno como él y como él soldado en los Tercios destaca-dos en Italia, y como Garcilaso o Aldana, poetas que se negaron en vida a la publicación de sus obras, poetas excelsos que, sin embargo, se alejaron de las vanidades de las letras. Esta convivencia de armas y letras en poetas petrarquistas, volverá a darse en autores del Barroco y siglo XVI, tiempo en que será publicada la mayor parte de la obra cervantina. El que más fama alcanzó en su tiempo como poeta fue el también admirado por Cervantes, Revista de Historia Militar, II extraordinario de 2016, pp. 114-140. ISSN: 0482-5748


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