Page 231

REVISTA HISTORIA MILITAR EXTRA CERVANTES

230 JUAN LUIS SÁNCHEZ MARTÍN en que servían era necesaria la licencia de sus oficiales, que posteriormente tenía que ser asentada en los libros de los oficiales del sueldo». Antes de proseguir, conviene precisar que la afirmación del Dr. Ribot trae su origen en el estudio que hace sobre algunos expedientes de soldados del castillo de Milán, ceñidos además al período de 1583-1586. Una carac-terística singular de las compañías de guarnición es que, fueran del castillo que fuesen, solo tenían un único superior jerárquico, el castellano, cuya au-toridad era independiente de la del virrey o gobernador general, como tam-bién de toda la jerarquía militar de la capitanía general donde radicara (fuera Milán, Nápoles, Sicilia, Flandes, cualesquiera de las españolas, o la que fuese), y solo respondía de sus actos ante el Rey. Ciertamente un castellano podía conceder licencias a quien le placiera, pero su caso no era extrapolable al resto de las compañías del ejército, donde tal facultad estaba vedada in-cluso al jefe la unidad que la acogía (maestre de campo, coronel, comisario general, etc.). La concesión de licencias era facultad exclusiva del capitán general o general de cada Arma (maestre de campo general en la Infantería, general de la Caballería o de la Artillería), de la cual el veedor general tenía que tomar razón. Pero nunca era dable conceder tal facultad al superior in-mediato del soldado, el capitán, ni mucho menos a sus subalternos. Antes que para formar militarmente al soldado en el uso de las armas, o en valores individuales (abnegación, obediencia, disciplina, etc.) o colec-tivos (camaradería, solidaridad, «esprit de corps», etc.), antes que todo eso, una compañía era una auténtica cárcel sin barrotes que pretendía, sobre todo, aislar y evitar la deserción, la protesta, o el amotinamiento. La información individual que sobre cada soldado acopiaba el «Libro de la Compañía» no era cosa para intercambiar con otras, como tampoco lo eran sus folios –por supuesto encuadernados–, sino para permanecer en poder del capitán y sus sucesores hasta la disolución, de producirse, de la compañía, generalmente la única circunstancia por la cual sus soldados eran acomodados en otra. Si no se llegaba a esto, la única manera de salir de ella era el ser reclamado por el capitán de otra compañía, para promocionarlo en ella como oficial no patentado (furriel, sargento, o alférez), lo que habitualmente se hacía con deudos o paisanos vinculados familiarmente. También el castellano podía hacerlo, pero en este caso su voluntad estaba supeditada a las de los jefes del ejército, o del virrey, que debían de autorizarlo. En cambio, era frecuen-te el distribuir temporalmente una compañía recién levada entre diversas guarniciones (que no residían necesariamente en castillos) para completar el adiestramiento de sus hombres, llegándose incluso a la reforma del capitán para hacerlo con más desembarazo, fórmula que llegó a ser la más corriente en el siglo XVI y, ahora sí, para destinarlos en castillos. Naturalmente, una Revista de Historia Militar, II extraordinario de 2016, pp. 230-232. ISSN: 0482-5748


REVISTA HISTORIA MILITAR EXTRA CERVANTES
To see the actual publication please follow the link above