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REVISTA HISTORIA NAVAL 136 MAS SUP25

MARÍA LUISA RODRÍGUEZ-SALAS Responde, en su parte central, al rol que uno de los miembros de la Real Armada española desempeñó como náutico y al resultado de una parte de sus trabajos y que dejó plasmada en un interesante y hasta ahora inédito documento y un «plano» compuesto de cinco dibujos. Se trata del oficial español Francisco xavier de Estorgo y Gallegos cuya tarea medular fue dar término a una importante comisión virreinal. A finales de 1767 el virrey de la Nueva España, Carlos Francisco de Croix, marqués de Croix, le encargó conducir de la Nueva España a Filipinas, en el más absoluto secreto, los pliegos reales que contenían la orden de expulsión de los jesuitas de aquellas islas. El virrey había recibido la orden de Carlos III de destierro de los ignacianos de la Nueva España en mayo de 1767 y, con gran cuidado en colaboración con el visitador general José de Gálvez, preparó la logística. Un mes más tarde, un 25 de junio, se implementó la detención de los padres de san Ignacio en forma simultánea en todas las poblaciones en donde estaban asentados. Para el virrey su cometido no terminaba con esa medida, tenía que hacer que la orden se recibiera en las lejanas posesiones del Asia, que como es sabido dependían administrativa y políticamente de Nueva España. Dedicó los siguientes meses a preparar el envío del comunicado real; tarea nada sencilla ya que tuvo que cubrir varios aspectos. En primer y fundamental lugar, seleccionar a un individuo adecuado que se comprometiera a llevar el documento con total secreto y con posible éxito. El tiempo no fue su aliado, lo tenía encima, la salida hacia las Filipinas debía efectuarse durante el verano o a más tardar durante el otoño para que el viaje tuviera algún grado de seguridad. En forma precipitada, el marqués de Croix localizó al oficial más idóneo, Francisco xavier Estorgo y Gallegos, y lo comisionó para zarpar de inmediato; pero, en los puertos del Pacífico no se disponía de naves adecuadas. Las mejores estaban en alta mar ocupadas en el transporte de militares, en conducir auxilio a las misiones de la Alta California y en embarcar a los primeros jesuitas hacia el inicio de su destierro. Por ello se tuvo que echar mano de una pequeña goleta recién construida en el astillero de San Blas, la llamada Nuestra Señora de la Soledad, alias La Sonora. Sin embargo, el viaje, a pesar de toda la premura que se requería, no se inició sino hasta el 24 de diciembre, ya que los meses anteriores se dedicaron a preparar la nave, abastecerla de todo lo necesario y conseguir la escasa tripulación. Como se puede apreciar, desde el principio, los augurios para un buen viaje no fueron los mejores. El comandante y piloto Estorgo tuvo que emprenderlo ya en una época del año nada favorable, en una embarcación por demás inapropiada y con una tripulación poco eficaz. Sin embargo, supo y pudo sortear con admirable entereza y aplomo todas las dificultades y dar cabal cumplimiento a la encomienda virreinal. Esta, como es conocido, culminó en la expulsión de los ignacianos de las posesiones españolas en Asia. La medida tomada por Carlos III y sus ministros, en este caso, hizo posible que el portador de la misma, Estorgo nos legara una bella y dramática descripción de su viaje de ida y cinco planos o cartas del de retorno; ambos documentos hasta ahora desconocidos. 10 REVISTA DE HISTORIA NAVAL Núm. 136


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