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DAVID RUBIO MÁRQUEZ no alcanzaba en el Reino Unido los 30 chelines/caja; en otoño de 1917 se pagaba el flete a 18/20 chelines la caja y por adelantado (4). Los grandes beneficiados de la nueva coyuntura económica fueron las sociedades navieras, que obtuvieron pingües beneficios por la consecuente revalorización de sus servicios. Las tasas de rentabilidad para los accionistas superaron el 100 por 100 durante algunos años, especialmente entre las navieras bilbaínas, para las cuales la primera guerra mundial podría ser calificada como su edad de platino. Señala el profesor Valdaliso los siguientes datos: «... entre 1917 y 1919 los dividendos repartidos por las compañías navieras representaron algo más del 60 por 100 de todos los dividendos repartidos por las sociedades anónimas de la plaza de Bilbao. Los beneficios obtenidos en los años 1914 a 1920, casi 1.000 millones de pesetas, fueron superiores, en un 25 por 100, a todo el capital invertido en la creación de nuevas sociedades mercantiles en esos mismos años». Citemos el caso de algunas navieras vizcaínas. La Compañía Naviera Vascongada, con 18.714 toneladas de arqueo bruto, repartió un dividendo entre sus accionistas del 15 por 100 en 1914; 100 por 100 en 1915; 80 por 100 en 1916; 90 por 100 en 1917 y 190 por 100 en 1918. Por su parte, la Marítima del Nervión, con 22.299 toneladas de arqueo bruto, ofreció, en los mismos años, los siguientes porcentajes: 13 por 100, 70 por 100, 210 por 100, 180 por 100 y 520 por 100 a pesar de la pérdida de cinco de sus barcos (5). La Compañía Naviera Sota y Aznar, la segunda naviera española en 1915 con 90.881 toneladas de registro bruto, pudo incrementar sus beneficios de 2.550.00 pesetas en 1914 a 35.119.900 pesetas en 1918. Ramón de la Sota, gracias a estos beneficios, pudo crear la Compañía Siderúrgica del Mediterráneo y diversificar sus negocios invirtiendo en el sector eléctrico, en la construcción inmobiliaria en Bilbao y Getxo y en ferrocarriles. Por su parte, la Compañía Naviera Blachi, con 14.717 toneladas de arqueo bruto, pasó de unos beneficios de 239.700 pesetas en 1914 a 17.758.500 en 1918. Gracias a estas enormes ganancias, a pesar de las pérdidas causadas por los hundimientos, pudieron aumentar sus reservas y adquirir nuevas naves con las que sustituir a las envejecidas. La casa Martínez Rivas, en proceso de disolución, al fallecer José Martínez Rivas en abril de 1913, entre sus diez descendientes, vio cómo los resultados de todas sus empresas aumentaban abultadamente, lo que le permitió sanear sus cuentas, repartir cuantiosas rentas a los herederos y vender los buques que formaban su flota. Estos tenían una antigüedad superior a treinta años y fueron enajenados en 1915 y 1918 por los precios astronómicos que se ofrecieron por ellos. Otro empresario vasco, Horacio Echevarrieta, aprovechó la coyuntura favorable para realizar una doble operación: vender sus últimos (4)  SOLER, p. 196. (5)  Los barcos hundidos fueron Mar Adriático, Mar Báltico, Mar Caspio, Eregea y Neguri. 42 REVISTA DE HISTORIA NAVAL Núm. 136


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