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RHM EXTRA 1 2017

130 ENRIQUE MARTÍNEZ RUIZ cios de peligro. Durante los alojamientos, las tropas saldrían al campo para entrenarse en las prácticas castrenses. El resto de la ordenanza se dedica a cuestiones de disciplina, fuero de guerra, administración de justicia, testamentos y contabilidad. Más significativa fue la reforma de la caballería ordenada el 11 de julio de 1632, variando el uniforme y el armamento; en efecto, desaparecía el arnés, quedando el coleto de ante, peto, espaldar, celada borgoñona, botas con espuelas y espada de gavilanes; en cuanto al armamento, se abandonaba el lanzón, sustituido por dos pistolas-tercerolas en los hombres de armas y una en la caballería ligera. En cuanto a las compañías, se creaba un solo tipo en los tercios españoles e italianos con todas las armas. En la península, los tercios tendrían 12 compañías de 250 hombres y en el exterior, 15 de 200, pero tales prescripciones no se siguieron. El Cardenal Infante volvió a los dos tipos de compañías, piqueros y arcabuceros, con 200 hombres cada una en el ejército de su mando, en el que cada tercio tenía 15 compañías, de las que dos eran de arcabuceros con 11 oficiales, 159 arcabuceros y 30 mosqueteros y 13 compañías eran de piqueros con 11 oficiales, 69 piqueros y 120 mosqueteros. Este modelo aumenta el número de armas de fuego hasta un 60 %, de los que el 84% eran mosquetes y el viejo arcabuz quedaba relegado al 16 %, eliminado en 1636 con la irrupción del mosquete sueco. Y así, después de 1636, los tercios viejos tenían una proporción de armas de fuego entre el 62 y 68 %, con lo que parece que se seguía la tendencia que se estaba viendo en los ejércitos continentales. Las nuevas disposiciones llegaban en un momento crítico, pues los acontecimientos empezaban a precipitarse y hubo que levantar nuevos cuerpos, que se llamaron regimientos y a cuyo frente se pusieron grandes de España repercutiendo en la carga fiscal que deberían soportar los castellanos, pues esas medidas se repitieron, pese a su ineficacia y a la consecución de alguna victoria como la de Nordlingen51. 51  “Por mucha simpatía que sintiera realmente Olivares por los desdichados pecheros de Castilla, la “necesidad” era lo primero, y la necesidad la definía él. Si había que hacer un esfuerzo supremo, todavía podían evitarse los extremos en el futuro. Siempre podía argumentarse, como hacían González y Contreras, que las exigencias fiscales de la corona se veían más que compensadas por la paz que gozaba Castilla en unos tiempos de guerra general, y que más valía pagar para una guerra en el extranjero que sufrirla en el propio país. Como si de la confirmación de aquellos ingeniosos argumentos se tratara, la gran victoria obtenida por el cardenal-infante sobre los suecos en Nördlingen el 6 de septiembre vino a traer nuevas esperanzas de que, al fin y al cabo, todo aquel sacrificio no iba a ser en vano… constituía una impresionante reafirmación del poderío español en unos momentos en los que muchos empezaban a preguntarse si no se habría eclipsado”. En Elliott, Revista de Historia Militar, I extraordinario de 2017, pp. 130-134. ISSN: 0482-5748


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